![]() |
Fachada principal del Teatro Cervantes |
El Teatro Cervantes aparece en Cuenca en el año 1920, como una de las actividades promovidas por la Sociedad Benéfico-Obrera de Socorros Mutuos La Fraternal, fundada en 1903, una especie de mezcla entre sindicato obrero y cooperativa de consumo, ya que las aportaciones de los socios servían para formar un fondo común al que recurrir en caso de necesidad. La originalidad de la iniciativa consiste en que desde el primer momento mostró una clara vocación hacia la cultura: montó su propia escuela de primera enseñanza (con una sección para la educación de adultos), instaló una biblioteca popular y un consultorio médico, formó un grupo teatral y un coro y, en cuanto pudo, levantó un edificio propio cuya planta baja destinó a local de esparcimiento social, un amplio salón apto para teatro, cine y conferencias, tarea en la que destacó especialmente durante los siguientes veinte años.
Primero existió
un cine al aire libre, el Salón Cinema La Fraternal, que se inauguró el primer
sábado de junio de 1920, “exhibiéndose películas de la Casa Verdaguer y
cantaron bellas tonadilleras”. Para entonces, desde 1914, la Sociedad ya había
adquirido en pública subasta un solar por la cantidad de 11.922 pesetas, en una
de las esquinas del parque de San Julián, entonces en desarrollo urbanístico, sobre
el que levantará su edificio. Es la misma parcela en que actualmente se
encuentra el edificio de Sindicatos, en una esquina frente al parque de San
Julián. La fachada principal, en la que se incluía la entrada al teatro, quedó
situada en la calle Cardenal Gil de Albornoz,
frente al actual Edificio Iberia. Esa entrada se formaba con tres grandes
puertas que se cerraban con unos cierres metálicos articulados, bajo una
marquesina de estructura metálica y los grandes ventanales de la Sociedad. Al traspasar la puerta
central había un amplio vestíbulo cuyas paredes estaban adornadas con carteles
de compañías teatrales y películas.
El local se dedicó
en los primeros años básicamente al teatro pero a partir de la segunda década
del siglo empezó a predominar el cine, aunque siempre conservó el título de
Teatro Cervantes, que empezó a ostentar a partir del 4 de septiembre de 1925,
con ocasión de las fiestas de San Julián, fecha en que se llevó a cabo la
inauguración. Durante las fiestas de San Mateo de ese año se proyectaron La isla de la baca perdida, El milagro de
Lourdes y La sombra de la mezquita,
que contaron con gran afluencia de público gracias a “la comodidad del amplio
coliseo, el precio de las localidades y la magnífica proyección”, decía El Día de Cuenca. En cuanto a la
capacidad era de 480 localidades, distribuidas en dieciséis palcos, setenta y
cinco butacas de principal y 309 de anfiteatro. Los precios fijados en aquella
época eran de dos pesetas los palcos, 0,30 las butacas de patio, 0,20 la
principal y 0,15 la general. En el año 1932 se le incorporó la máquina de
proyección apta para sonido y se amplió el patio de butacas.
Con ello, y
por la simple evolución de las preferencias sociales, el local se convirtió en
la práctica en un cine, el único existente entonces en la ciudad, aunque
disponía también del más adecuado escenario para representaciones teatrales,
conferencias y mítines políticos, entonces muy frecuentes. El Cervantes pudo
sobrevivir a la guerra civil y sus consecuencias, manteniendo una discreta
actividad y superó el conflicto pensando, quizá, que podría reverdecer viejos
laurales. No eran esas las intenciones de los jerarcas del nuevo régimen, entre
cuyos proyectos no entraba en absoluto permitir la supervivencia de la Sociedad
Obrera La Fraternal, eliminada de facto para dejar paso al Sindicato Único,
mediante una resolución firmada en 1943. La gestión del cine la desempeñaba
entonces un empresario privado, Félix Jiménez de la Plata, con contrato en
vigor por lo que no pudo ser desalojado hasta que llegó la fecha de la
cancelación. Mientras, intentó mantener la actividad incluyendo algunas
pequeñas reformas, insuficientes en un local cada vez más deteriorado hasta
llegar al 20 de mayo de 1947 en que el gobernador civil ordena su clausura,
tras haberse desprendido parte de la techumbre. Los intentos de reparación
fueron infructuosos y tras proyectar Los
tambores de Fu-Manchú, el Cervantes cerró sus puertas y, a continuación, el
Estado procedió a su derribo, con la incautación del solar y la construcción en
él del edificio de los Sindicatos Verticales. Al recuperarse la democracia, los
antiguos supervivientes de La Fraternal quisieron reivindicar la recuperación
de su edificio o al menos recibir la justa compensación por haber sido
injustamente incautado por el régimen. Inútil empeño: ni el Ministerio de
Trabajo ni el Defensor del Pueblo prestaron atención alguna al problema que
finalmente se diluyó con la extinción de los últimos miembros de la Sociedad
Obrera.
Referencias: José Luis Muñoz, La Fraternal y los fantasmas
del Cervantes. Cuenca, 2016; Ediciones Olcades.
