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Fachada del cine España en 1981. En el centro, Máximo, su gerente durante casi 30 años [Foto Archivo José Luis Muñoz] |
El primer cine que abrió en Cuenca después de la
guerra civil fue el llamado, de forma patriótica, Cine España, situado en el
sector central de Carretería.
A comienzos de los años 1930, la llegada de nuevos medios técnicos, como el sonido o el color hizo que para muchos empresarios fuera muy atractivo invertir en el negocio de la explotación cinematográfica. En este contexto surge el cine Madrid, en el número 30 de Carretería, puesto en marcha por la familia Lledó, originaria de Campillo de Altobuey, pero el inicio de la guerra civil impidió que se pudiera inaugurar en el tiempo previsto, aplazándose tal cosa hasta el verano de 1937 en que pudo abrir gestionado por una cooperativa sindical, hasta que al final de la guerra los Lledó pudieron recuperar la propiedad y lo rebautizaron con el título de Cine España.
Fue el primer local de la ciudad con dedicación exclusiva al cine; disponía
de una amplia sala de butacas, con capacidad para 768 localidades y con precio
único para todas, rompiendo la dinámica habitual de implantar diversas
categorías. En los inicios, ese precio fue de 1,50 pesetas, que pronto hubo que
incrementar en 15 céntimos en concepto de ayuda para la construcción de
refugios antiaéreos y más tarde sufrieron nuevos aumentos hasta alcanzar las
dos pesetas a mediados de 1938.
Por lo que conocemos de la programación, el Cine Madrid inició su actividad
de manera muy activa, a pesar de las dificultades existentes en tiempo de
guerra, contratando filmes de las grandes productoras americanos, pero con
especial dedicación a RKO Radio, que proyectó en Cuenca prácticamente todo su
catálogo.
Concluida la guerra y recuperada la propiedad por los hermanos Lledó, estos
tuvieron que gestionar una nueva licencia municipal de apertura que se les
concedió en marzo de 1940, ahora con el nuevo título de Cine España. Apenas
unos después, en 1947, al ser demolido el Cervantes, quedó como único cine
activo en Cuenca, lo que le permitió vivir sus años de mayor apogeo, teniendo
en cuenta además las circunstancias sociales al término de los conflictos,
tanto el cine como el mundial, que convertía al cine en el único espacio adecuado
para el ocio de los ciudadanos.
En 1956, estando ya activos los cines
Alegría y Xúcar, los propietarios del España lo alquilaron a Benigno Velayos,
empresario que gestionaba salas en otras ciudades del país, quien llevó a cabo
varias reformas aportando innovaciones técnicas, sobre todo en los aparatos de
proyección, con lo que el 20 de octubre de ese año procedió a su
reinauguración, con un título notable, Sissi, que provocó una
considerable expectación popular y que fue seguido de otros muchos filmes de
gran éxito en la época. El empresario continuó aportando novedades técnicas,
como el sistema Todd-AO, de gran calidad tanto en imagen como en sonido y que
pudieron incorporar muy pocos cines en España, desde luego en Cuenca sólo éste,
que se inauguró con La cabaña del Tío Tom, en 1966.
Tras esta etapa de esplendor, el cine
España entró en otra francamente confusa, por su peculiar interpretación de lo
que significaba la democracia y la eliminación total de la censura, abriendo
puertas y pantalla a las infumables producciones, casi todas nacionales, del
cine S, categoría semipornográfica de ínfima calidad. Claro que también fue la
sala que aceptó proyectar El crimen de Cuenca, la perseguida película de
Pilar Miró, que gracias al España pudimos ver aquí, a partir del 7 de diciembre
de 1981 y por cierto, con un lleno absoluto de público a pesar de la campaña
contraria desarrollada por el director de Diario de Cuenca desde las
páginas del periódico. Finalmente, y tras arrastrar varios meses una situación
de progresivo deterioro desde el punto de vista cinematográfico, cerró sus puertas
en 1985, lo que le convierte en el cine de más larga duración temporal de
cuantos han existido en Cuenca.
Referencias: Pepe Alfaro y Gonzalo Pelayo, Cuenca en las pantallas. Diccionario de cine. Cuenca, 2021; Cineclub Chaplin, pp.96-97
