SERREZUELA DE VALSALOBRE


Observemos, inicialmente, el delicioso término geográfico, tan en desuso (o de poco uso) que la lengua (la pluma, también) se entretiene morosamente en pronunciarlo o escribirlo: serrezuela, la pequeñez del diminutivo popular aplicado a un concepto geográfico en sí mismo grandioso, como suele serlo todo lo que tiene que ver con las montañas, las sierras, las cordilleras. Pero no: aquí se trata de señalar con el puntero a una serrezuela, una formación montuosa singular, recogida, recoleta, entrañable, por qué no decirlo, adjudicando este sentimiento cargado de humanidad a un paraje natural carente de ínfulas de grandiosidad y sí de atractivos específicos, concentrados en un punto del territorio de la Serranía de Cuenca, probablemente inadvertido a vista de pájaro, desde esa lejanía en que se pueden apreciar los aspectos generales y no los matices de detalles, lo mismo que ocurrirá, con toda seguridad, al común de los mortales, envueltos en los conceptos genéricos y ajenos a esa puntualidad que nos señalan los científicos, pues ellos sí advirtieron de la singularidad de este paraje.

Valsalobre es uno de esos pequeños pueblos serranos que sobrevive con la necesaria dignidad en su orgulloso aislamiento cómodamente asentado en el sustrato histórico que nos puede remontar hasta la época romana, a la que se vinculan unas salinas que tuvieron su momentánea importancia.

Pero si las salinas se encuentran enraizadas en el pasado de Valsalobre, la Serrezuela, que forma parte del municipio desde el mismísimo origen del mundo, es hoy el presente señalado puntualmente por una serie de indicadores geológicos, morfológicos y naturales que señalan la singularidad de un paraje no excesivamente grande, apenas 734,5 hectáreas, situado en el extremo NE de la Serranía de Cuenca, en un espacio abrazado por el atrevido discurrir del Alto Tajo, que aquí forma la línea divisoria de las provincias de Cuenca y Guadalajara, en el ámbito geográfico de la Tierra de Beteta. Ahí, entre las altas cumbres y los rápidos ríos, se ubica una muela formada por materiales que fueron quedando sedimentados durante el cretácico y el jurásico, con predominio de elementos calizos y dolomíticos, cuya composición química favorece que sobre ellos actúe el agua, con la natural derivación hacia la formación de modelos cársticos, de los que tantos ejemplos valiosos hay en la Serranía conquense y de los que, en una gran medida, la Serrezuela se convierte en paradigma y representación, como si fuera un microcosmos del paisaje en el que se acumulan los diversos factores definitorios de este tipo de estructura geomorfológico y que aquí aparecen en una considerable diversidad. Al paraje se puede llegar por la carretera CM-210, que tiene su origen en la N-320, Villar de Domingo Garcia. Un poco antes de llegar a Beteta, a la izquierda, sale la CUV-9011 que conduce directamente a este pueblo.



Sima de Juan Herranz [Foto Arturo García Blanco]

El paraje se encuentra en la culminación de una muela formada por materiales sedimentados durante el cretácico y el jurásico, en los que predominan los elementos calizos y dolomíticos tan propicios a la disolución por el agua y, por ello, dan lugar a la formación de modelos kársticos de gran importancia. En el documento oficial que favoreció la declaración protectora se indica que también resalta el alto valor intrínseco de esta Serrezuela, por su representatividad como modelo geológico y por la diversidad y gran desarrollo de los elementos geomorfológicos en el ellas albergados”. Para detallar esta inicial afirmación el lenguaje científico indica que “dentro del modelado kárstico, destaca el gran desarrollo de la red endokárstica, siendo importante también la presencia de macrolapiaces y la diversidad y profusión de depresiones cerradas (...) Además de estos elementos, es importante la existencia de un gran número de relieves ruiniformes, dolinas y depresiones cerradas, conocidas en la zona como Campo de Dolinas. Estas depresiones actúan como sumideros que conectan con la red endokárstica”. Dentro de esa riqueza geológica hay que señalar la presencia, dentro del paraje, de las cuevas Juan Herranz I y Juan Herranz II, esta última la más importante de todas, caracterizada por la existencia interior de galerías horizontales, muy poco frecuentes en este tipo de cavidades.

La vegetación es la propia de las sierras conquenses, con predominio del pinar, muy tupido en esta zona. La formación dominante es el pino silvestre y en menor grado el pino nigra  con un estrato arbustivo formado por una orla espinosa de berberis vulgaris

Cabe destacar también la importancia que tienen las comunidades rupícolas (vegetación asociada a los roquedos) en toda la zona

En el apartado faunístico destaca la presencia de lepidópteros, entre ellos la graellsia isabelae, conocida popularmente como la mariposa nocturna isabelina, declarada de interés especial en el Catálogo de Especies Amenazadas y que aquí ofrece una comunidad muy vigorosa; otro elemento destacado es el steropleurus ortegai, un ortóptero endémico de la Serranía de Cuenca, también catalogado como de interés especial que encuentra su habitat natural en rodales espinosos de berberis vulgaris, un arbusto que aquí encuentra espacio apropiado para su existencia. Entre otros tipos animales muy llamativos se menciona igualmente la presencia del gato montés (felis silvestris) especie muy rara ya en los montes conquenses.

Este espacio natural es el lugar de España con mayor concentración de simas y por ello cuenta con la presencia de un gran número de aficionados a la espeleología.  Entre ellas se encuentran las dos simas de mayor profundidad de Castilla-La Mancha, conocidas como las Juanas: Juan Herranz I de 212 m. y la Juan Herranz II, de 173 m. A ellas se pueden añadir otras simas muy significativas cuyas profundidades sobrepasan los 60 m. con son las simas Z-3 y Z-6, ambas de 96 m. y las Alfa I y Alfa II de 85 m. la primera y 60 m. la segunda. También es ideal para quienes quieren pasear disfrutando de sus paisajes, cuajados de rocas de formas caprichosas modeladas por la erosión.

La Serrezuela de Valsalobre fue declarada monumento natural por Decreto 76/2003, de 13-05-2003, de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha (DOCm nº 82, 06-06-2003)