En el término de Pajaroncillo, un pequeño y encantador pueblo que queda a la izquierda de la carretera, se encuentra este espectacular paraje, formado por un conjunto de crestones de areniscas ocres y rojizas, que se levantan airosamente entre profundas formaciones de coníferas. Es otro buen ejemplo de la acción de la erosión sobre las rocas. Sorprendentemente, un paraje tan singular a la vez que delicado, no ha sido sometido todavía a ningún expediente de protección, lo que lo deja indefenso ante cualquier atentado paisajístico.
De un modo general, estos paisajes aparecen
encuadrados en una denominación global, Rodenal del Cabriel, con la que se
alude tanto a la roca que sirve de soporte al conjunto, el rodeno, una arenisca
rojiza formada durante el triásico inferior (hace unos 250 millones de años)
como al pino rodeno o negral (pinus pinaster), la especie arbórea que
predomina en esta zona. El color rojizo
de estas rocas se debe a la oxidación producida por su rico contenido en
hierro, lo que da lugar a este modelado natural, con grandes formas en relieve
en el que se pueden encontrar plataformas, torres, tormos, callejones y otras
singulares formas de modelado natural.
La naturaleza, que es sabia y caprichosa, ha
dibujado en un terreno de areniscas de tonos rojizos unos crestones de formas
audaces y bellísimas. El agua ha sido el elemento encargado de ir modelando
estas figuras de piedra con las que conviven elementos botánicos muy valiosos
además de un importante yacimiento de enterramientos celtas, por el sistema de
túmulos, que está considerado como el más meridional de cuantos existen en
Europa. De este modo, el paseo por el paraje de Las Corbeteras, que hay que hacer
a pie, se convierte en una incitación estimulante y enriquecedora.
"Cuando la piedra es arenisca, los
mogotes -en vez de tomar la forma de seta, yunque o arco- parecen roques
o piezas de ajedrez, cual los Corbeteros de Pajaroncillo, con varias angosturas
y collarines que denuncian la diferente consistencia de las partes de una roca
que parece igual", escribía Giménez de Aguilar hace casi un siglo, en su
folleteo Turismo dominguero. El nombre puede proceder de la denominación
popular con que se conoce en algunas zonas de la provincia a la tapadera del
puchero de barro.
Lo que hace
singular a Las Corbeteras es su absoluto, casi total desconocimiento, a lo que
se añade la clamorosa falta de interés que los responsables del sector
turístico-ecológico vienen mostrando hacia este lugar. Prácticamente no se cita
en ninguna de las guías o folletos al uso, en ningún sitio (salvo en algunos
atrevidos itinerarios de senderismo rupestre) se recomienda su visita y para
mayor agravio, en ningún punto de la carretera está indicada su ubicación ni
cómo acceder a ellas.
Empezaremos, pues, por situar el lugar. La mejor referencia es el cartelito del punto
kilométrico 486 de la carretera N-420, en dirección a Cañete, pasados el acceso
a Pajaroncillo y el puente de Cristinas. Un poco más allá de ese dato, dejando
a la derecha el río Cabriel, hay en una curva un espacio en el que caben tres o
cuatro coches (casi siempre suele haber alguno, de pescador o caminante). Ese
es el lugar en que se puede aparcar. Justo enfrente (y por tanto hacia la
izquierda, hacia el monte) se inicia un camino, por el que también se puede
penetrar unos metros sobre ruedas pero en el que es muy recomendable usar los
pies, o sea caminar, haciendo el sano, estimulante y esclarecedor ejercicio de
disfrutar de Las Corberteras en plenitud y sin distracciones de otro tipo.
Por este paseo, cuesta arriba no muy pronunciada, todo es rojizo. Roja es la superficie de las rocas que nos acompañaron por la carretera, formando la gran pared que se vuelca sobre el asfalto; roja es la tierra que vamos pisando en el acercamiento hacia el corazón del paraje; roja es el agua que en forma de hilillos se desliza sobre la superficie; roja es la arena que se diluye entre los pies a medida que avanzamos. De esa forma comprobamos con nuestros propios ojos lo que dice la definición en términos geológicos, al calificar estas rocas como cresterías de arenisca rojiza formadas por materiales del triásico. En definitiva, es el rodeno, la otra gran variante paisajística, visual, de la Serranía de Cuenca tan diferente del otro reclamo, el de la Ciudad Encantada, esta sí (y sus similares) disfrutando de las bendiciones oficiales en forma de popularidad y difusión.
A medida que se avanza
por el paraje es perceptible cómo se van dibujando esas grandes cresterías que
constituyen un bosque de rocas caprichosas en su silencio de orgullo milenario.
La acción del tiempo, la acumulación de cataclismos y erosiones ha ido forjando
la desnudez de las placas pétreas que apoyadas una sobre otra asemejan un
montón de libros apilados en equilibrio inestable. Todo empezó hace millones de
años: las rocas de las Corbeteras están formado por los sedimentos depositados
a lo largo del tiempo inmutable en el que ha ido trabajando la naturaleza,
dando lugar a los sucesivos estratos que hoy podemos contemplar y que reflejan
los diversos niveles de erosión.
En el interior del
bosque de piedras predominan las formas aisladas, solitarias, en las que se van
dibujando figuras impresionantes, magníficas, por entre las que pasa silbando
el suave viento serrano envuelto en sonidos de mágicas resonancias. Pequeños
robles conviven con los altos pinos laricios. Un rico sotobosque forma la
superficie sobre la que se deslizan pequeños hilos de agua, nacidos quien sabe
dónde. Como tampoco tiene un origen estable el rumor del aire circulando
libremente a través de las rocas y los árboles. No falta en el paraje el
ingrediente histórico, un campo de túmulos funerarios de épocas perdidas en la
oscuridad de los tiempos.
Entre las corbeteras o corbeteros (el nombre
puede proceder de la denominación popular con que se conoce en algunas zonas de
la provincia a la tapadera del puchero de barro) se puede transitar, por lo
general, en la más absoluta soledad, porque son contados los exploradores que
se atreven a caminar por estos andurriales en los que sólo puede encontrarse
belleza y sentimientos que ayudan a la meditación
En el año 2004, nada
menos que en el año 2004, la administración regional inició un expediente para
declarar monumento natural el Rodenal de Cabriel, un amplio espacio que
comprende parajes de los términos municipales de Boniches, Campillos
Paravientros, Cañete, Pajaroncillo y Villar del Humo, donde se incluían Las
Corbeteras. Siguiendo los pasos que marca la normativa, el 11 de enero de 2005
el expediente se sometió a información pública y como suele suceder casi
siempre que se anuncia un espacio de protección ambiental, surgieron intereses
privados, ante los que la administración pública renunció a seguir adelante con
sus planes. Supongo que a estas alturas nadie se acuerda ya de ese expediente
que, con seguridad, habrá sido cuidadosamente empaquetado y archivado. Y así,
entre unas cosas y otras, Las Corbeteras de Pajaroncillo duermen
silenciosamente su secular olvido, para castigo de quienes no conocen semejante
maravilla de la naturaleza, mientras la administración, presunta cuidadora de
los bienes públicos, se lava cuidadosamente las manos.

