CIUDAD ENCANTADA

 


Un espacio para la fantasía a través de imaginativas formas de piedra

A unos 30 kilómetros de Cuenca, en el antiguo término de Valdecabras, hoy incorporado a la capital de la provincia, se encuentra uno de los parajes más famosos y emblemáticos de cuantos tienen asiento en la Serranía de Cuenca. La Ciudad Encantada es una espectacular formación geológica natural, elaborada pacientemente por el agua a lo largo de miles de años. El paraje forma parte de una finca de propiedad particular y por tanto el acceso está regulado por las condiciones fijadas por el propietario.

A pesar de que esta impresionante a la par que bellísima formación geológica natural está situada en un paraje perfectamente a la vista de todo el mundo, permaneció escondida (o ignorada, que viene a ser lo mismo) durante siglos, sin que tuviera especial relevancia en los relatos de generaciones. Su descubrimiento, paisajístico, fotográfico y turístico, llega a partir del 2 de mayo de 1912, cuando un grupo de estudiantes de la Universidad Central, con el profesor Odón de Buen al frente, llegan al paraje “para vivir una jornada entre los pinares sembrados de curiosos megalitos”. Aquella experiencia fue recogida por el profesor y expuesta públicamente en el Ateneo de Madrid, con un aparato de proyección de imágenes que causó sensación entre el auditorio, hasta entonces no acostumbrado a tales alardes de la ciencia. Odón de Buen continuó investigando sobre las circunstancias naturales de la Ciudad Encantada que difundió por todos los medios posibles; en 1915, se distribuían folletos ilustrados entre los alumnos de Geología y Botánica, como parte de su material de estudio en esas materias. Un brillante artículo publicado por el profesor en La Esfera, el 3 de julio de 1915, dio el espaldarazo definitivo a la difusión popular de la formación geológica situada en la Serranía de Cuenca.

En realidad, el paraje ya era conocido, pero sin ese impacto de popularidad que alcanzaría a partir de las fechas citadas. El canónigo Muñoz y Soliva lo había incluido con bastante fidelidad descriptiva en su Historia de Cuenca, y también la menciona el geógrafo Daniel de Cortázar. Ya en el siglo XX algunos pioneros del periodismo gráfico se habían sentido atraídos por estas figuras pétrea, con reportajes publicados en las primeras revistas que incluían fotografías junto a sus textos, con la mítica Blanco y Negro en primer lugar, donde apareció un reportaje en julio de 1908, con un texto sin especial valor pero muy bien ilustrado con fotografías de Jesús Enero. Un poco más tarde, en Vida Manchega (1912) aparecen otras dos fotografías, en este caso de César Huerta.

Declarada Sitio Natural de Interés Nacional por Real Orden número 239, del ministerio de Fomento, de 11 de julio de 1929. Con una superficie de dos mil hectáreas y una altitud máxima de 1.383 metros, la Ciudad Encantada es un paraje natural en el que conviven las rocas, los árboles y los animales, sin que por fortuna la abundancia de las visitas humanas hayan venido a turbar el equilibrio de aquellos. Nos encontramos ante uno de los ejemplos más vistosos y valiosos del karst. El agua de lluvia ha trabajado durante millones de años para ir modelando la caliza y esa labor ha dado como consecuencia la aparición de una serie de figuras fantásticas, bautizadas caprichosamente y cientos más que cada cual puede inventar o vislumbrar a su gusto. Pero lo más emocionante es pasear en libertad, dejar volar la imaginación y ver, en cada piedra, lo que nadie ha visto. El elemento más significativo de este conjunto es el Tormo Alto, cuya atrevida disposición parece desafiar a las leyes del equilibrio, ya que se sustenta sobre una base muy estrecha, sobre la que se va elevando el resto del bloque hasta llegar a a parte superior, la de mayor amplitud.

La subida comienza en Villalba de la Sierra, bordeando el poblado de Unión Eléctrica, construido a comienzos de siglo, de gran belleza en el seno del paisaje natural. En seguida se alcanza uno de los puntos más espectaculares de la ruta, el Ventano del Diablo, espléndido mirador sobre el Júcar, que corre encajonado al fondo de los abruptos barrancos. Enfrente, se aprecian los estratos de la estructura rocosa y la línea del canal de abastecimiento al Salto de Villalba. Al final de la subida, a la altura del kilómetro 30 y tomando un desvío a la derecha, se llega seis kilómetros más tarde a la Ciudad Encantada, una formación geológica del modelo kárstico. La caliza del terreno ha sido objeto de la erosión pluvial a lo largo de miles de años. El agua ha ido delineando caprichosas figuras al disolver las capas más blandas dando lugar a rocas con cierta apariencia humana o animal, recordando objetos o escenas, bien aisladas o formando grupos, constituyen esta peculiar urbanización rocosa, de sorprendente y poética belleza.


Una abundante vegetación natural envuelve las formas rocosas

"La primera impresión que produce al visitante no es ciertamente la de una urbe derruida o la de un pueblo de la campiña de Nápoles que presentase vestigios de existencia bajo la lava o cenizas de un volcán; es algo extraño y misterioso, algo así como una ciudad dormida, mansión de gnomos y hadas, que se sorprendiera en un instante de descuido y de reposo; pero que palpita existencia real; algo, en fin, que abstrae y deleita". Así decía un hijo de la tierra, Luis Astrana Marín, figura señera de las letras hispanas, en un trabajo primerizo, publicado en un periódico local [El Mundo, 20 de agosto de 1911], mucho antes de que llegara a ser el máximo especialista de su época en Shakespeare y Cervantes. Desde aquél primerizo y juvenil artículo hasta hoy son cientos las páginas que se han escrito sobre la Ciudad Encantada de Cuenca.

Aquí estuvo el mar. Todo esto era el mar: una dilatada superficie azul, olas rumorosas ondeando en el horizonte, suaves en ocasiones, bravías en otras. Quizá, en algún punto, emergiera una isla. La Ciudad Encantada está situada en una altiplanicie de terrenos calcáreos, surgidos por la sucesiva acumulación de estratos marinos, que fueron depositados durante el periodo secundario. Luego, el mar se retiró hasta sus actuales posiciones y esta tierra quedó en alto, a considerable distancia del nivel que ahora tienen las playas más cercanas, las del Mediterráneo levantino.

Estas tierras, como todas las calizas, son muy dúctiles por la acción del agua, sobre todo la de lluvia, que por su composición química actúa con admirable eficacia sobre esta materia. De manera que, puesto que a la imaginación apelamos, intentemos recrear una escena en la que un escultor gigante y paciente, el tiempo, actúa de manera delicada, con una tenacidad incansable, utilizando gubias muy variadas, lamiendo, recortando, hendiendo, penetrando, en la roca inicial. Gota a gota, la lluvia y la nieve caídas durante milenios, han ido transformando el paisaje inicial, que podemos adivinar más o menos monolítico, para producir una serie de figuras fantasmagóricas, inusuales, admirables. La acción del agua pluvial actúa, en primer lugar, sobre las partes más débiles del bloque pétreo, depositándose en las hendiduras en las que, al helarse, incide como un afilado cuchillo cortador. Así se desprenden los elementos más inestables, quedando en pie la parte más dura, que ha adoptado una figura caprichosa y sobre la que seguirá actuando luego la lluvia, ahora ya para terminar de perfilar las aristas y completar el trabajo escultórico.

Esta labor paciente de la naturaleza se ha visto ayudada por el hecho de que los estratos más fácilmente erosionables son las capas inferiores (calizas margosas, de color anaranjado), de manera que se han ido formando esculturas de piedra que, como el simbólico Tormo Alto parecen estar en equilibrio inestable, ya que la base va siendo cada vez más lamida, mientras creemos ver acentuarse las dimensiones de la parte superior (calizas con magnesio, de color grisáceo). Todo ello sucede a una altitud de importancia, pues el punto más alto del paraje está situado a 1.383 metros.

El espacio definido como Ciudad Encantada ocupa una superficie de unas dos mil hectáreas lo que, desde luego, hace imposible su recorrido total a pie en un tiempo razonable. Por eso se ha definido una ruta, que aparece debidamente señalizada y que es fácil de hacer, siguiendo un criterio sin duda tópico, de clara influencia hacia el que se supone es un turista curioso y con ganas de hacerse fotos. Así irá encontrando una serie de piedras, solas o en grupo, a las que un anónimo redactor bautizó hace lustros con nombres sencillos: "Cara del Hombre", "Los Barcos", "Los Amantes de Teruel", "El elefante y el cocodrilo", "La Foca", "El puente romano", "El perro", "El mar de piedra", "El frutero", "La tortuga"...

Iniciado el camino, siguiendo dócilmente las flechas o aventurando alguna ligera escapada fuera de la ruta señalada, encontraremos todo lo que quieren enseñarnos, pero también muchas más cosas, si queremos verlas. Cada una de ellas nos permite incitar a la adivinación y también al sueño imaginativo, pues es posible que acertemos a encontrar otra figura no señalizada y que cualquiera puede  bautizar, según  su gusto y podemos, igualmente, inventar historias y hacer que esas piedras jueguen entre sí o desarrollen aventuras imaginarias, en un tiempo indefinido, ya que no hay límites a estos seres de piedra que acumulan cientos de miles de años.


Situado a la entrada del recorrido, el Tormo Alto sirve de símbolo llamativo para el
conjunto de la Ciudad Encantada

En ese recorrido podemos encontrar figuras como:

El Tormo Alto, un monolito de más de 20 metros de altura, milagro de equilibrio inestable.

Los barcos, tres grandes moles de piedra, una especie de flota marina anclada en la sobriedad de la tierra caliza serrana.

El perro, especie de fox terrier, guardián de la ciudad petrificada.

La cara del hombre, busto de nariz aguileña con boina.

El puente romano, un arco de piedra horadado en la roca, como un ejemplo de arquitectura natural y espontánea.

La foca, de grandes dimensiones, parece una foca real haciendo juegos malabares con su hocico.

El tobogán, un callejón largo y estrecho que se desparrama a través de varios desniveles

El mar de piedra, una superficie plana y extensa formada por una gran extensión rocosa en la que la erosión ha creado unas formas que parecen olas marinas

El elefante y el cocodrilo, dos enormes rocas de formas caprichosas que parecen representar la incruenta lucha entra estos dos poderosos animales.

El convento, en realidad un arco ojival sobre una pared rocosa que bien podría ser la entrada a un sobrio recinto conventual.

Los hongos, que aparecen entre los pinos, abrumando con sus grandes tamaños

El teatro, una formación rocosa que asemeja la embocadura de un escenario teatral

La tortuga, situada en lo alto de una gran roca, en la que aparece esta piedra que parece una tortuga con la cabeza fuera del caparazón.

Los Amantes de Teruel, dos bloques pétreos que parecen los bustos de un hombre y una mujer en tierno acercamiento de sus rostros en busca del beso amoroso.


El perro es una de las figuras identificadas, pero cualquiera puede encontrar en estas rocas semejanzas con cualquier otra forma conocida.

A lo largo del paseo nos acompañan varios elementos. Especial importancia debemos conceder al soporte vegetal, porque la Ciudad Encantada, en contra de lo que alguien pueda pensar, no es un paisaje árido, exclusivamente poblado por silenciosas y austeras piedras. En torno a ellas vive una interesante población botánica, cuyo elemento más destacado es el pino, pero al que acompaña una riquísima variedad de matorrales: zarzamoras, majuelos, guillomos, alguna sabina, enebros... y los matorrales propios de la Serranía, mezclando aquí sus olores penetrantes: tomillo, romero, cantueso, espliego, mejorana... Y hay también, siempre –casi siempre- un elemento especialmente valioso: el silencio.

Sobre la Ciudad Encantada se han escrito docenas de páginas, muchas de ellas envueltas en tópicos repetidos, pero también hay otras de un valor literario excepcional. Gerardo Diego, maestro de poetas, lo dijo en un bellísimo y emotivo soneto:

 

     Esta es la paz y el juicio de la piedra.

     ¿Fue por aquí el espanto de Gorgoña?

     Un mar de roca su estertor pregona

     y, descarnadas las raíces, medra.

 

     Arraiga el pino en quiebras, no la hiedra,

     no hay abrazo de hoja, no hay corona

     para este centauro, esta amazona,

     aquel bisonte al que Nemrod no arredra.

 

     La forma aquí delira, aquí se cuaja.

     Aquí, irredenta, la materia taja

     sus sueños prietos, bloques subitáneos.

 

     Ya todo puede ser, ya se aproxima

     la plenitud del juicio y de la lima

     y la mano de Dios sobre los cráneos.

 

Este fue también el escenario elegido por Carmen de Burgos "Colombine", para situar la acción de una historia de amor (varias historias, entrecruzadas, por decirlo con precisión) en un relato breve que tituló, precisamente La Ciudad Encantada y que se vendió a 10 céntimos en aquella célebre colección, "La novela corta" que en los años veinte del siglo XX llevaba cultura y entretenimiento a una generación iletrada pero curiosa. Pero quizá el máximo ejemplar literario surgido en torno a la ciudad de piedra es el que lleva la firma de Federico García Lorca, también en forma de soneto, cuando le pregunta a su amor por la Ciudad Encantada de Cuenca:

     ¿Te gustó la ciudad que gota a gota

     labró el agua en el centro de los pinos?

     ¿Viste sueños y rostros y caminos

     y muros de dolor que el aire azota?

 

     ¿)Viste la grieta azul de luna rota

     que el Júcar moja de cristal y trinos?

     ¿Han besado tus dedos los espinos

     que coronan de amor piedra remota?

 

     ¿)Te acordaste de mí cuando subías

     al silencio que sufre la serpiente

     prisionera de grillos y de umbrías?

 

     ¿No viste por el aire transparente

     una dalia de penas y alegrías

     que te mandó mi corazón caliente?

 

Son unos versos doloridos, en los que alienta un halo trágico, el que corresponde a un alma sensualmente atormentada. El latido de unos versos en los que hay más corazón y dolor que técnica, nos acompaña mientras salimos de la Ciudad Encantada, paraíso de ensoñadores y poetas.

Referencias: Juan Giménez de Aguilar, Tierra fragosa. La región kárstica conquense. Cuenca, 1985; Gaceta Conquense, 71 pp. / Valentín Moragas Roger, Cuenca y Ciudad Encantada. Madrid, 1959; Plus Ultra / Federico Muelas, “Las ventanas del mundo dan a la Ciudad Encantada”. Ofensiva, 24-11-1960 / Joaquín Rojas, La Ciudad Encantada. Cuenca, 1957; Edición del Autor.