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Ilustración Castellana, núm. 2, 15-05-1927 |
El 8 de mayo de 1927 comienza la edición de Ilustración Castellana. Al comentar el hecho, El Día de Cuenca alude a la “lamentable separación” producida entre los promotores del que entonces era diario, los hermanos Fernández Navarro y quien había sido su hombre para todo, redactor todo terreno incluidos los ripios que firmaba como El Tío Corujo, o sea, Julián Velasco de Toledo [El Día de Cuenca, 12-05-1927]. Se trata de la más audaz iniciativa periodística surgida hasta esos momentos en nuestra ciudad, tanto por sus contenidos como por la configuración tipográfica, moderna y brillante, dentro de los límites que podía ofrecer la industria impresora entonces existente.
El
planteamiento era sencillo, a la vez que innovador en la Cuenca de entonces:
una publicación no condicionada por las urgencias informativas ni preocupada
por ofrecer noticias de actualidad, sino orientada hacia la creación literaria
(cuentos, poesías), trabajos de divulgación en tono popular y asequible para
todos los lectores, investigación de temas cotidianos, culturales o artísticos,
todo ello como es fácil suponer referido exclusivamente a Cuenca, sin dejar
apenas espacios para la penetración de hechos procedentes de otras latitudes,
salvo algunos de tipo generalista, aplicables a cualquier sitio, como las modas
o los deportes entonces novedosos (el automovilismo, la aviación). Y con una
aportación fundamental: la ilustración gráfica porque, como ya se ha dicho en
el capítulo referido a la prensa cotidiana, tanto diarios como semanarios
ofrecían un rígido ascetismo en cuanto a ilustraciones, prácticamente
inexistentes, salvo en ocasiones muy esporádicas. Por el contrario, Ilustración Castellana es una
revista eminentemente gráfica, con abundantes fotografías y dibujos, impresa
por tanto en papel couché, de poca graduación pero suficiente al menos para
ofrecer un resultado moderadamente digno, dentro de la economía de medios que
afectaba al editor.
El repaso por los números editados nos ofrece un amplísimo repertorio de colaboraciones. Ahí están, repartidos a lo largo de los números, los nombres de Ángel González Palencia, Juan Giménez de Aguilar, Sánchez Ocaña, Basiliso Martínez Pérez e incluso los primeros escarceos del joven Federico Muelas. En cuanto a la temática, también encontraremos un nutrido balance de comentarios vinculados al arte, la literatura, la naturaleza, las costumbres populares y cuanto de interés se producía entonces en el seno de la sociedad conquense. De manera que en esas páginas aparecen con sumo detalle crónicas de las corridas de toros en la entonces recién estrenada plaza nueva, la misma que hoy sigue existiendo; las corridas de vaquillas enmaromadas en la Plaza Mayor; la Semana Santa, que empezaba a asentarse como una costumbre sólida entre las de los conquenses; reseñas de veladas teatrales ofrecidas en el Cervantes; los conciertos de la Banda Municipal en el kiosko del parque de San Julián (entonces de Canalejas), las fiestas de San Julián en septiembre. Y podremos comprobar que un espectáculo que hoy nos parece propio de nuestra época, ya era bien conocido entonces, el de las terrazas veraniegas de los numerosos bares situados en Carretería, a los que se unían los bailes en el Casino, sin que falten amplios muestrarios de cómo era la moda femenina o un curioso reportaje sobre una maderada por el Júcar.
En el aspecto gráfico, hay dibujos de Sorolla, Pérez Comendador, Pérez Compans, Marco Pérez pero, sobre todo, del artista cubano Wifredo Lam, que publicó toda una serie de imágenes de Cuenca que son de un detallismo, una belleza y una expresividad ciertamente encomiables. En este terreno gráfico es necesario mencionar una auténtica curiosidad, unas aleluyas infantiles, dibujadas con gracia por el niño Diderot de la Rica, atrevido nombre con que el líider socialista Felipe de la Rica bautizó a su hijo y que, al término de la guerra civil tuvo que cambiar por el menos comprometido y, desde luego cristiano, de Eduardo.
Ya he dicho que uno de los factores más importantes y destacados de la revista es el acompañamiento fotográfico, en el que figuran los nombres de los hermanos Zomeño, Campos, Rojo y el Conde de la Ventosa, con la peculiaridad de que, si bien en ocasiones aparecen como acompañamiento de informaciones literarias, en otros la foto es protagonista en sí misma, a toda página. En definitiva, la modesta publicación conquense aspiraba, salvando todas las distancias imaginables, a seguir la estela que con notabilísimo éxito venía marcando la popular Blanco y Negro, el gran semanario ilustrado puesto en el mercado por Prensa Española, la empresa editora de ABC
He señalado, a grandes rasgos, lo que se puede encontrar en Ilustración Castellana. Conviene también decir qué es lo que no se encuentra de ninguna manera: crítica social, comentarios políticos, análisis de cuestiones municipales, referencias a proyectos públicos y, por supuesto, ni la más leve indicación de las tempestades que agitaban a la sociedad española, inmersa entonces en una Dictadura que concitaba cada vez más oposición generalizada y menos todavía a la tormenta dinástica que agitaba las conciencias y que llevaría al país, en muy pocos años, a una guerra civil. Dicho con otras palabras y como resumen: para Julián Velasco de Toledo y sus colaboradores no existe la realidad, salvo la parte amable e intrascendente que, naturalmente se encuentra siempre. Pero si la realidad aparece envuelta en problemas, crisis, críticas, disgustos, aspavientos, huelgas o rebeliones, eso no tiene cabida en sus páginas.
La aventura duró algo menos de un año: a mediados de enero de 1928 deja de publicarse Ilustración Castellana.
