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17 de abril de 1962. El pregón de Federico Muelas inaugura la I Semana de Música Religiosa de Cuenca [Foto Archivo José Luis Muñoz] |
Parece haber coincidencia generalizada, no solo en Cuenca sino en el conjunto de la cultura española y no solo entre los aficionados a la música sino también en la comprensión de la sociedad en general, que la Semana de Música Religiosa ha sido -y sigue siendo- una de las más notables aportaciones en todos los órdenes realizadas en el siglo XX en Cuenca y dirigidas a la sedimentación de un auténtica labor cultural.
La Semana de Música Religiosa de Cuenca se inició en el año 1962, al producirse un entramado de felices circunstancias. Por una parte, un inquieto gobernador civil, Eugenio López y López, que concebía la idea de aportar a la ciudad de Cuenca un componente cultural de categoría que sirviera de elemento de difusión, propaganda y atractivo turístico para un lugar entonces casi perdido en el interior de España, escasamente conocido por el resto del país
Por otra parte, el Ayuntamiento había iniciado una apasionante tarea de recuperación de viejos espacios arquitectónicos, semi arruinados algunos, pero a los que era necesario ofrecer un destino útil que justificara la obra realizada; entre esos espacios estaba la iglesia de San Miguel, restaurada bajo la dirección de Fernando Chueca Goitia.
En tercer lugar, el crítico y teórico musicológico Antonio Iglesias, con profundas vinculaciones en el estamento cultural oficial (ministerio de Información y Turismo) acariciaba un proyecto inédito en España y con muy escasos precedentes en Europa: un festival especializado en música religiosa que permitiera renovar el repertorio, con nuevas producciones, a la vez que recuperar los grandes títulos clásicos, muchos de ellos nunca interpretados en nuestro país.
La conjunción de esas tres
inquietudes dio lugar a
El principal impulsor de este proyecto, Antonio Iglesias (Orense, 1918; Madrid, 2011), lo ha contado con sus propias palabras, recordando aquellos días de 1962 en que se dieron los primeros pasos de la que había de ser genial y en su momento excepcional iniciativa. Había sido invitado a emitir su opinión sobre el proyecto de construir un gran escenario en la hoz del Huécar, bajo las Casas Colgadas, con el fin de aprovechar al máximo las extraordinarias condiciones acústicas del lugar. El proyecto pareció a los expertos (Andrés Segovia también formaba parte del grupo de informantes) irrealizable y costosísimo, pero en el recorrido por la ciudad, en busca de soluciones alternativas, arribaron a la iglesia de San Miguel, en aquél momento en el último periodo de su reconstrucción: “Bullía por aquel tiempo en la mente de muchos, lamentándonos pero sin poder enmendarlo, el abandono en que se hallaba la música religiosa de todos los tiempos y lugares, no la litúrgica, sino la religiosa –permítaseme la aclaración por necesaria- y, especialmente, la música religiosa de España, de cuyos fondos podemos mostrarnos más orgullosos ante el mundo que de aquellas otras muestras musicales, por importantes y valiosas que resulten en verdad” [La aclaración, que Antonio Iglesias señala, sigue siendo necesaria, hoy como ayer pues aún en muchos casos se confunde “música religiosa” con “música sacra”, que es la destinada a ser interpretada en los servicios litúrgicos. En nuestro caso, la propiedad reside en hablar siempre de “música religiosa”, la que se interpreta en cualquier lugar, sean salas de conciertos u otros espacios, sin necesidad de ir acompañada de un oficio litúrgico].
La preocupación encontró acomodo cuando, recorriendo la ciudad y
concretamente el casco antiguo, en compañía de José Luis Álvarez de Castro, en
ese momento delegado provincial de Información y Turismo, encontraron la
iglesia de San Miguel que estaba siendo reconstruida laboriosamente por el
Ayuntamiento de Cuenca, bajo la dirección del arquitecto Fernando Chueca
Goitia. Y sigue hablando Antonio Iglesias: “La
iglesia y el lugar tenían tanta personalidad y tanta fuerza emocional que,
inmediatamente, nos movieron a crear las Semanas de Música Religiosa de Cuenca
y, en un par de meses, en la misma Semana Santa de 1962 (mes de abril),
arrancábamos con su primera edición, sin importarnos que en San Miguel no
hubiera calefacción, que muchas de sus puertas y ventanas hubieran de cubrirse
de pobres cortinas”. Así, dice el impulsor de esta sorprendente a la vez
que extraordinaria iniciativa, se hizo el milagro que dura hasta hoy. El
alcalde, Rodrigo Lozano de la Fuente, aceptó de inmediato la propuesta que,
además, venía a resolver sl siempre arduo problema de ver qué destino se puede
dar a un edificio restaurado. Era presidente de la Diputación Guillermo
Ruipérez del Gállego, que incorporó a la naciente empresa cultural la
colaboración económica del ente provincial cuya labor se prolongó luego, como
veremos más adelante, en el Instituto de Música Religiosa. Durante los años
primerizos, la organización se realizó mediante acuerdos anuales entre el
ministerio de Información y Turismo (entonces no existía el de Cultura, que es
una incorporación democrática), el Ayuntamiento de Cuenca y la Diputación
provincial.
Para
celebrar el festival musical especializado en composiciones religiosas los
promotores pensaron como fechas más adecuadas las de Semana Santa, una
festividad para entonces ya bastante arraigada en Cuenca, aunque lejos todavía
de haber alcanzado la proyección mediática y turística que logró décadas más
tarde. Aunque no hay declaraciones explícitas en tal sentido, de los
comentarios hechos en aquellos tiempos se puede deducir una cierta
intencionalidad de dar un barniz culturalista y en buena medida piadoso a unas
celebraciones que empezaban a presentarse con un tono demsiado lúdico y
festivo. La música religiosa, interpretada además en templos católicos, podría
devolver carácter espiritual a unas celebraciones populares con tendencia a lo
profano. En cualquier caso y desde la perspectiva actual, considerando lo que
realmente ha pasado en el mundo y en Cuenca en este más de medio siglo, es
preciso emitir un juicio de admirada valoración hacia aquellas personas que, en
pleno rigor administrativo y económico de la autocracia franquista, se
atrevieron a desarrollar un proyecto semejante.
Los fondos
económicos fueron aportados por el Ayuntamiento de Cuenca y la Diputación
Provincial, con una ligera, casi simbólica, participación, de la dirección
general de Bellas Artes.
Las Semanas
comenzaron su andadura con un marcado tinte españolista en cuanto a obras e
intérpretes, como reconocía Iglesias en la introducción del segundo programa,
en 1963: “ni un solo día sin obra española, pues tal es el inagotable tesoro de
la música religiosa de España; cada año, una obra de encargo” (…)” si bien
abría el horizonte a la presencia de grupos extranjeros: “La hasta ahora sola
inclusión de artistas españoles en el aspecto interpretativo de nuestras
Semanas merecerá siempre nuestra preferente atención pero jamás dirá nada que
se aproxime a una ridícula autolimitación futura dentro de nuestras fronteras”.
Otros
aspectos, quizá anecdóticos, configuran el carácter del festival. Por ejemplo, una
peculiaridad que Antonio Iglesias persiguió con tesón durante toda su etapa al
frente del festival: “Sólo a Dios el honor y la gloria”, frase pronunciada por
Manuel de Falla y que el director aplicó a los conciertos, eliminando de forma
radical los aplausos, costumbre espartana que el tiempo se encargó de eliminar
más tarde.
El primer concierto tuvo lugar el 17
de abril de 1962, martes santo, a las seis de la tarde, en la iglesia de San
Miguel, cita que obligó al Ayuntamiento de Cuenca a realizar un extraordinario
esfuerzo para acondicionar el espacio, obra que se llevó a cabo bajo la
dirección del concejal Gregorio de la Llana, empeñado en poder ofertar al
público un mínimo repertorio de comodidad, tanto en las escalinatas de acceso a
la iglesia como en su interior: iluminación, calefacción artesanal, bancos,
limpieza, porteros, etc. Cuando llegó la hora anunciada, un público expectante
llenaba por completo el recinto de la flamante sala de conciertos. Como
aperitivo, el escritor Federico Muelas, en su condición de Cronista Oficial de
la Ciudad, ofreció una especie de pregón-presentación de lo que iba a ocurrir a
partir de ese momento. Y tras las palabras, la música. Las notas de la Pasión según San Mateo, de Francisco
Guerrero, fueron las primeras en demostrar la brillante sonoridad del templo
reconvertido en sala de conciertos. En el escenario, el Coro de Radio Nacional
de España, dirigido por Alberto Blancafort y con las voces solistas de Ramón
Sola y Antonio Cantero. Las Lamentabatur
Jacob, de Cristóbal de Morales y el Officium
Defunctorum, de Tomás Luis de Victoria, completaron aquel denso programa
que produjo una auténtica conmoción en quienes asistieron a él.
Luego, en los tres días siguientes,
la Orquesta Filarmónica de Madrid y el Coro de Radio Nacional de España
ofrecieron otros tres conciertos, bajo la dirección de Odón Alonso, que se
convertiría andando el tiempo en la más constante presencia en Cuenca, dirigiendo
conciertos todos los años hasta su última comparecencia, que se produjo sin que
desde la ciudad se tuviera con él ni un pequeño reconocimiento por su impagable
dedicación a las Semanas. Dentro de ese repertorio, el viernes santo, 20 de
abril, se estrenó la obra de Alberto Blancafort Sinfonías para el viernes santo, comenzando así la serie de
primeras audiciones de obras, algo que se ha convertido en una de las señas de
identidad de la Semana, que en esa primera edición se cerró con la presencia de
la Agrupación Coral de Elizondo, dirigida por Juan Erano, para interpretar el
impresionante Officium Hebdomadae
Sanctae, de Tomás Luis de Victoria.
