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Antonio Saura en la terraza de su casa, en Cuenca, en 1987 [Foto Ramón Herraiz) |
Antonio Saura (Huesca, 1930 / Cuenca, 1998) quiso perpetuar su vinculación con Cuenca, la ciudad que eligió para vivir, dibujar, morir y ser enterrado, promoviendo una Fundación que llevaría su nombre.
A organizar esa
Fundación dedicó los últimos años de su vida, hasta prácticamente el día en que
murió. Durante ese periodo final, hubo problemas, dilaciones, cuestiones
derivadas de la torpeza burocrática, incomprensiones de algunos círculos
llamados intelectuales que en provincias reaccionan oponiéndose a todo aquello
que no sea local, popular y vulgar y más aún si viene acompañado de un marchamo
de vanguardia internacionalista. Situación a la que contribuyó el siempre lento
desarrollo de las obras de adecuación del edificio elegido por el mismo Saura
para sede de
Antonio Saura cometió,
como todos los seres humanos, varios errores. El fundamental, morirse antes de
tiempo, cuando
(Página en
construcción. Texto definitivo próximamente)
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