Valdeminguete. En esta pradera surgen varias pozas que confluyen para dar lugar a la formación de la cabecera del río Júcar [Foto José Luis Muñoz] |
Los niños de Cuenca sabían antes (cuando
los niños, en las escuelas, aprendían estas cosas, ahora consideradas insignificantes) que el Júcar nace en un
paraje de nombre verdaderamente atractivo: Ojuelos
de Valdeminguete, en la falda del cerro de San Felipe orientada hacia la
umbría, uno de los que forman la Muela de San Juan, generosa como ninguna a la
hora de proporcionar agua a tierras y mares muy lejanos de ese origen. Estamos
en una de las estribaciones más arriscadas del Sistema Ibérico, a
Nos encontramos en el segmento más
septentrional del término municipal de Tragacete. Apenas un par de centenares
de metros nos separan de los montes de Cuenca, la capital provincial, que por
aquí extiende sus dominios territoriales siempre vinculados a la posesión de
enormes masas forestales heredadas en el siglo XII por la inmensa generosidad
del rey Alfonso VIII.
El paraje es de una enorme placidez. Los
bosques de coníferas, con el pino (laricio, rodeno) como señor absoluto elevan
impetuosos sus copas en busca de la luz solar. A sus pies, el sotobosque es
también prolífico, ofreciendo a la contemplación del paseante multitud de ocasiones
para la reflexión sobre la belleza de la naturaleza.
El Júcar no tiene un nacimiento fijo,
estable, reconocible. Los ojos buscan aquí y allá los pequeños rodales acuosos
por donde el Júcar va manando. Hay un silencio absoluto, apenas interrumpido
por el suave vibrar de las ramas de los pinos ondeadas por el apacible viento
primaveral. Siguiendo leyes implacables dictadas por el inamovible decurso del
tiempo, las surgencias van uniéndose hasta formar finalmente un hilillo de agua
que busca la orientación adecuada, ladera abajo. Así empieza a tomar forma el
Júcar y así, pronto, el suave rumor de sus aguas saltando sobre las primerizas
piedras añade al fin un sonido vibrante al calmo silencio de unos metros antes.
Pese a la indefinición por señalar un punto fijo, los habituales de la zona
apuntan como el más fácilmente identificable un lugar llamado Cañada de la
Peguera, porque parece que es el que con mayor frecuencia acude a la llamada de
las aguas.