FERROCARRIL CUENCA-UTIEL



Una imagen del pasado: un automotor prestando servicio por la Serranía de Cuenca

La idea de enlazar Cuenca con Valencia por ferrocarril es muy remota, aunque difusa. En fecha tan lejana como 1845, esto es, prácticamente en los inicios del desarrollo ferroviario en España, ya se insinúa esa posibilidad pero aunque algunos autores han querido vincularla con la línea Aranjuez-Cuenca, lo cierto es que esta última siempre tuvo ese concepto y en ningún momento aparecen menciones concretas que puedan transmitir algún intento serio de establecer una comunicación Madrid-Cuenca-Valencia. La posibilidad aparece cuando va tomando forma el Aranjuez-Cuenca; es entonces cuando en algunos sectores se empieza a hablar de prolongar ese trazado hacia la costa levantina. Pero, en realidad, y como vamos a ver a continuación, todo el proceso se desarrolla considerando que son dos ferrocarriles diferentes, con dos problemáticas distintas y que ejecutan compañías ajenas entre sí. Sólo en época moderna se ha establecido la continuidad entre ambas.

La elección de Utiel como punto de referencia en el trazado de la línea tiene una explicación lógica, desde el punto de vista geográfico, puesto que es el primer lugar de importancia una vez que se rebasan las duras estribaciones de la Serranía de Cuenca y la divisoria que marca el Cabriel La Ley de Bases Generales de 14 de diciembre de 1868 incluye por primera una vez una mención a este trazado, que se ratifica en la Ley General de Ferrocarriles de 23 de noviembre de 1870, donde figura incluyendo un ramal hacia Landete, Teruel y Calatayud, que Francisco Ortega del Río puso en marcha para dar forma (teórica, desde luego) a un ferrocarril que tituló “De Cuenca a Valencia por Landete y ramales desde este punto a Teruel y las Minas de Henarejos”, declarado de utilidad pública al año siguiente y que incluso dio los pasos previos del replanteo de la obra, sin que sus esfuerzos pudieran concretarse entonces pero que retoma mucho más tarde, porque es el mismo promotor el que aparece respaldando la nueva iniciativa. El proyecto técnico ya existía, se había constituido la Sociedad de los Ferrocarriles de Cuenca a Valencia y Teruel, a la que fue transferida la concesión en octubre de ese mismo año.

Por tanto, en 1882 las obras estaban en marcha e iban realmente en serio; para atender a este servicio se construyó en Valencia una nueva estación, llamada precisamente de Cuenca, situada en la avenida Germanías, a unos centenares de metros de la que ya existía. Tenía una disposición en planta baja y una estructura muy austera, a diferencia de la brillantez decorativa que luego tendrían las demás estaciones valencianas, incluida la actual del Norte, que en 2017 cumplió sus primeros cien años de vida y que para entonces ya había absorbido a la de Cuenca, transformada en almacén.

Las obras progresaron con cierta actividad, por lo que en agosto de 1884 se había autorizado poner en explotación el tramo Buñol-Valencia (inaugurado el 31 de julio), el 11 de septiembre el tramo Buñol-Siete Aguas y el 1 de octubre de 1885 el trayecto Utiel-Siete Aguas, para quedar completo el 15 de noviembre el recorrido entre la capital levantina y la que hasta no mucho antes había sido villa adscrita a la provincia de Cuenca, esto es, Utiel, aunque con un curioso matiz: había que hacer un trasbordo provisional en galeras entre Venta Mina y Buñol, a causa de la dificultad de los trabajos en el puerto de Las Cabrillas, situación que se mantuvo hasta noviembre de 1887 en que las obras terminaron de manera definitiva. Por entonces cambió la titularidad de la empresa constructora y concesionaria de la línea que pasó a ser Compañía de los Ferrocarriles del Este de España, habiéndose eliminado la primitiva referencia a Cuenca.

La que ya era para entonces la propietaria de la línea y del correspondiente ferrocarril que circulaba por ella era de capital mayoritariamente francés, y aunque no aparece dicho de manera explícita en ningún sitio, no es en absoluto arriesgado adivinar o presuponer que el interés fundamental, tanto de la propia compañía como de las entidades y organismos valencianos se dirigía a conseguir una comunicación fácil con los pueblos (algunos muy importantes) de la provincia situados hacia el oeste, como Chiva, Buñol, Requena, Utiel y los situados fuera de la línea férrea pero próximos a ella, a la que podían acceder con cierta facilidad. Lo que pudiese ocurrir después de Utiel era cosa que, en verdad, importaba muy poco a quienes se movían exclusivamente por intereses económicos; bien sabían que poco beneficio podrían obtener de los pequeños pueblos situados en la Sierra de Cuenca, y menos aún considerando el altísimo coste que habrían de tener las obras a realizar en esa topografía tan complicada.  

De manera que nadie se debió sentir muy sorprendido cuando la Sociedad propone al gobierno que se le relevase de construir el tramo Cuenca-Utiel y el ramal de Landete a Teruel y de Landete a las minas. Se evaporaba así el sueño de conseguir un enlace directo entre Cuenca y Valencia. Este propósito suscitó la lógica alarma en toda la zona afectada, registrándose la oposición del Ayuntamiento de Cuenca y de los pueblos del distrito de Cañete, que se consideraban lógicamente perjudicados y que además clamaban justicia porque el ferrocarril en cuestión formaba parte de la red general de los del Estado y se suponía que este ente de superior entidad debería proporcionar, con solo su nombre, algún tipo de garantía para el cumplimiento de leyes y acuerdos. Cosa que, desde luego, no ocurrió, priorizándose, como es habitual, el interés del capital sobre esa cosa etérea que es el bienestar de los pueblos.


La estación de Carboneras fue un punto de crucial importancia en el trazado.

El 18 de septiembre emitió su dictamen el Consejo de Estado y fue,  necesariamente, un jarro de agua fría, al aceptar la novación del contrato, asegurando que ello "no significa que se renuncie a construir dicho trozo de línea y su ramal... como suponen los pueblos de la comarca interesada, pues muy bien puede construir la mencionada línea el Estado u otro concesionario que se presente, estimulado por las ventajas que ofrece dicha Ley". Añadiendo, más adelante y tras otras consideraciones: "En cuanto a los pueblos reclamantes, la concesión no les otorgó derecho alguno sino tan sólo la esperanza de un beneficio, de que por otra parte no pueden considerarse privados aunque se acceda a la solicitud de la compañía concesionaria; pues continuando, como continúa, según se ha dicho, comprendida la línea en el plan general de los del Estado, no hay que desconfiar de que se ejecute” [BOP 01-10-1886]. Eso decía el confiado Consejo de Estado dando lugar a la expresión de una falacia administrativa y jurídica de las que hay tantos ejemplos en la historia de la política española pues, aparte la cínica justificación expuesta, puede observarse que no hay ninguna indicación en cuanto a marcar plazos a la expectativa de construcción del ferrocarril. Que efectivamente no se construyó nunca en ese periodo histórico y a lo más que se pudo aspirar fue a una modificación puntual y chapucera, como sabemos, aunque con más de 60 años de retraso. De manera que con el aval superior del Consejo de Estado, el ministro Montero Ríos pudo firmar la disposición gubernativa que enviaba al sueño de los justos el ferrocarril Utiel-Cuenca, dejando subsistente solo el tramo Valencia-Utiel y a la vez firmaba un Real Decreto que autorizaba la constitución de la Compañía de Caminos de Hierro del Este que pasaba a administrar, de inmediato, el ferrocarril de Valencia a Utiel.

A lo largo de los años siguientes, el ferrocarril Utiel-Cuenca aparecerá de manera esporádica en los periódicos conquenses y en acuerdos corporativos envueltos siempre en el mismo tono lacrimógeno que nunca consiguió conmover ni a los ocupantes de los despachos ministeriales ni menos aún a los poseedores de los bienes materiales precisos para construir y desarrollar una línea férrea.

            Estaba la Diputación Provincial elaborando una ambiciosa petición de ferrocarriles secundarios, cuando en 1904 llegó la noticia de haberse aprobado por el gobierno una Real Orden que pretendía poner en marcha el denominado Plan de Ferrocarriles Secundarios, en el que se incluía el Cuenca-Utiel y también otra línea férrea de Cuenca a Teruel y Alcázar de San Juan. La noticia fue recibida con total alborozo por los ciudadanos conquenses que de inmediato dieron por hecho que el tren ya estaba circulando por las vías de la provincia. Hubo proclamas, manifestaciones y acuerdos, en medio de la felicidad colectiva y también alguna pequeña disputa localista sobre si el tren debía ir por un camino o por otro, según los intereses de cada pueblo.

Como suele ocurrir, porque es cosa repetida a lo largo de los años, tras esta explosión de entusiasmo reivindicativo, que no encontró eco alguno en los responsables de la gobernación del país, el clamor se fue apagando y las previstas obras no comenzaron nunca. Estaba el asunto completamente estancado, durmiendo plácidamente tanto la línea Cuenca-Utiel como el directo, cuando la ley de 23 de diciembre de 1912 sobre ferrocarriles complementarios de la red general, incluyó entre sus previsiones el famoso tramo pendiente entre Cuenca y Utiel, que vendría a suponer “una sensible y beneficiosa disminución en los recorridos”, empalmando en los puntos extremos con los ferrocarriles existentes y cuya construcción podría estar amparada por una concesión a 99 años y subvenciones de 60.000 pesetas por kilómetro construido, de manera que el año termina con la misma situación de entusiasmo colectivo que había ocurrido años antes.

            Pasan los años que se invierten en discutir las características y ventajas de dos proyectos técnicos sobre los que se discute sin tomar ninguna decisión y así se llega al golpe de Estado del general Primo de Rivera en 1923, que se considera un activo impulsor de las obras públicas y así se da lugar a la formulación del ambicioso Plan Guadalhorce, que incluye, otra vez, el Cuenca-Utiel, pero con una importante novedad, al admitir la  responsabilidad del Estado en la construcción de los ferrocarriles previamente calificados como de preferente y urgente ejecución, obviando así la perversa costumbre de poner tales asuntos en manos de empresas privadas.

            Otra vez la reacción de las fuerzas vivas locales fue entusiasta. Todas las autoridades, corporaciones y entidades firmaron un escrito conjunto dirigido al Consejo Superior Ferroviario, durante el mencionado trámite de información pública, adhiriéndose a las propuestas del Plan. Esta vez, todo parecía ir viento en popa y con una perspectiva razonable en cuanto a los plazos. La subasta fue convocada para el 7 de agosto de 1926, con un plazo de ejecución de cinco años y un presupuesto de salida cifrado en 63.624.069 pesetas. Tras los correspondientes estudios de los expedientes y las propuestas económicas que acompañaban a la documentación técnica, el 14 de septiembre de 1926, el Consejo de Ministros presidido por Primo de Rivera procedió a formalizar la adjudicación de las obras del Cuenca-Utiel en la cantidad de 58.852.263 pesetas, con el compromiso de que los primeros 40 kilómetros serían entregados por la empresa en el plazo de 18 meses y las obras, en su totalidad, quedarían terminadas en cuatro años. La empresa adjudicataria fue la Constructora Bernal que dos años más tarde traspasaría sus derechos a otra empresa, Cesaraugusta, representada por Juan Machetti Niño, que de esa forma iniciaría su larga vinculación con Cuenca. Hay que señalar que en esta adjudicación el proyecto inicial del ingeniero Eugenio Ribera fue retocado por el ingeniero Telmo Lacasa Navarro en la operación técnica de replanteo de los trabajos.

Arrancan las obras, para no terminar

            El tramo entre Utiel y Cuenca fue dividido en tres secciones, siendo la primera y la tercera las de más fácil ejecución con una finalización relativamente rápida, mientras que la central presentó unas considerables dificultades técnicas que al final serían insalvables durante varias décadas. Las obras, en efecto, comenzaron en mayo de 1927 con buen ritmo y favorables impresiones cuando confluyeron la crisis política que habría de poner fin a la Dictadura de Primo de Rivera y el terrible cataclismo económico de 1929. Entre sus incontables víctimas, el inocente ferrocarril Cuenca-Utiel, interrumpido cuando apenas si se habían construido unos pocos kilómetros, 30 según el balance oficial ofrecido al término del periodo dictatorial. Esos trabajos habían consistido en explanaciones y obras de fábrica entre Utiel y Cañada de Mira y entre Cuenca y Carboneras de Guadazaón, a lo que se añadían otros trabajos en la parte central de la línea, cuyas circunstancias técnicas eran, ciertamente, ambiciosas y complicadas. Es innecesario señalar que el recorrido por esas sierras conquenses es ciertamente muy accidentado, ya que es preciso salvar la divisoria entre las cuencas de los ríos Júcar y Cabriel, a través de un túnel que atraviesa el monte de Los Palancares, cruzar las cuencas de los ríos Víllora, Narboneta y Mira y la depresión formada por el barranco de San Jorge. En los 113 kilómetros que corresponden a la provincia de Cuenca se incluían 18 túneles, destacando los 2.300 metros del de Palancares y los 1.900 en El Rodeno y el resto con longitudes menores, entre 900 y 200 metros.

            La nueva situación política se llevó por delante las esperanzas de que pudieran concluir en plazo próximo las obras del Cuenca-Utiel, asunto que se agravó al proclamarse la República en 1931, entre cuyos variados problemas no figuraba el de continuar las obras del interrumpido ferrocarril, a pesar que el primer gobierno republicano, siendo ministro de Obras Públicas el socialista Indalecio Prieto, colocó el Cuenca-Utiel en primer lugar de las prioridades inversoras, con una consignación presupuestaria de 14.800.000 pesetas, pero tal cantidad no llegó a invertirse por completo, ni mucho menos, sino que la construcción continuó de manera pausada y, desde luego, sin avanzar lo suficiente, de manera que en 1935 las obras se podían considerar prácticamente interrumpidas, a pesar de las reiteradas quejas emitidas desde Cuenca y que alcanzaron el punto culminante en una borrascosa asamblea celebrada el 8 de agosto con una asistencia masiva de alcaldes y gentes anónimas.


El sector más laborioso de las obras fue el de los viaductos sobre el cauce del Cabriel y sus afluentes. 

            Durante algún tiempo se reanudaron las obras, con intermitencias y sin una inversión poderosa que hubiera permitido llegar a su término. Pese a todo y con lentitud, las obras progresaron lo suficiente para que el 1 de noviembre de 1936 se pudieran recepcionar provisionalmente la estación de Cuenca, los 39,5 kilómetros construidos en la primera sección (desde la capital hasta Carboneras) y los 29,5 de la tercera sección (Camporrobles a Enguídanos), además de haberse realizado de buena parte de la explanación del sector central e incluso se habían iniciado algunos de los viaductos, pero la guerra civil, ese obstáculo siempre insalvable en los acontecimientos cotidianos, impuso un parón a las obras, mediante la rescisión del contrato (el 22 de mayo de 1937) con Cesaraugusta, con el argumento de que iban a ser continuadas por el procedimiento de administración directa. El 10 de septiembre de ese mismo año, una Orden ministerial decide la continuidad de las obras, valorando la insoslayable necesidad de comunicar Valencia (donde se había instalado el gobierno) con Madrid y para ello se introduce una curiosa novedad, demostrativa de la existencia de algo parecido a la desesperación o impotencia: como la construcción de los viaductos se perfila como una empresa imposible, se toma la decisión de soslayar el barranco de San Jorge y los cauces de los ríos Cabriel y Narboneta, mediante un tendido superficial, en forma de zig-zag para poder salvar los planos inclinados; el ingeniero Alfonso García Rives fue el encargado de proyectar este trazado provisional que nunca llegó a ejecutarse. Simplemente, ya no había tiempo.

 La terminación de la línea y su puesta en servicio por el general Franco

        Según las cuentas realizadas al instaurarse el nuevo régimen encabezado por Francisco Franco, en las obras de este ferrocarril se habían invertido apenas 45 millones de pesetas y, lo que era más importante, quedaban pendientes de resolver serios problemas técnicos, como los mayores viaductos del trazado, los ya citados del Barranco de San Jorge y los de los ríos Cabriel y Narboneta.

        Con la llegada del nuevo sistema dictatorial se puso fin, de manera radical y absoluta, al viejísimo sistema que entregaba a la iniciativa privada la construcción y gestión de las líneas férreas. La nueva Ley de Bases de Ordenación Ferroviaria y Transporte por Carretera, de 24 de enero de 1941, establece el rescate de todas las líneas de titularidad privada para ser asumidas por el Estado que reanuda por su cuenta las obras que se encontraban pendientes en toda España, lo que en el caso que nos ocupa permite abrir el 24 de julio de 1942 dos tramos, el de Cuenca a Arguisuelas y el de Enguídanos a Camporrobles, previa entrega oficial de la línea a Renfe, quedando en medio el sector más complicado, en el que se distribuyen túneles y viaductos de notable dificultad técnica, para lo que fue preciso adjudicar nuevamente los proyectos a la constructora Ferrocarriles y Construcciones ABC, tras algún intento fallido mediante el habitual trámite de subasta. Para dirigir las obras en esos momentos definitivos fue designado el ingeniero Demetrio Ullastres Astudillo. Los trabajos se activaron definitivamente a partir del año 1945 y hay que decir que con notable eficacia, pues en apenas dos años quedaron concluidos, incluyendo los viaductos pendientes, obras no solo de importancia sino de extraordinario impacto visual sobre el paisaje. De ese modo se pudo llegar al momento, en 1947, en que tendrá lugar el ansiado enlace ferroviario con el Mediterráneo, a través de Utiel y Valencia, una vez que se pudo concluir el último tramo pendiente, el de Arguisuelas a Enguídanos.

            El gran suceso tuvo lugar el 25 de noviembre de 1947 cuando el Jefe del Estado, Caudillo de España y Generalísimo de sus Ejércitos, hizo su primera y única, a la vez que rápida visita a Cuenca, ciudad a la que no tuvo tiempo, ocasión ni ganas de volver en los casi cuarenta años de su estancia al frente de la gobernación del país. Pero ese día si llegó a la ciudad conquense, para llevar a cabo el viaje inaugural del tren a Utiel, que cerraba finalmente, tras casi un siglo, el trayecto completo entre Madrid y Valencia. Fue una visita tan rápida e insustancial que apenas nadie pudo recordarla posteriormente por algún detalle humano o anecdótico.

El tren inaugural estaba formado por dos potentes locomotoras de última generación serie 1700, procedentes de la MZyA, seguidas de un furgón y cuatro coches con butacas de la compañía Norte y un coche-salón habilitado como espacio para el Jefe del Estado y sus acompañantes más directos; el tren llegó a las 10,30, siendo anunciada su llegada desde la torre de Mangana con una explosión de tracas, mientras los templos de la ciudad hacían repicar sus campanas. El paso de la comitiva por Carretería, sin embargo, fue tan veloz que el público, inadvertido en su mayoría, apenas si se percató de la presencia del Jefe del Estado cuyo coche fue directamente a la estación del ferrocarril, donde sí se había concentrado un gran gentío. Le acompañaba el ministro de Obras Pública, Fidel Dávila y en la misma estación le esperaban ya los titulares del Ejército, Aire y Gobernación, además del capitán general de la I Región Militar, Agustín Muñoz Grandes.

El general Franco recibe un baño de masas en la estación de Cuenca.

Tras besar el anillo pastoral del obispo Inocencio Rodríguez Diez y escuchar unas palabras de bienvenida del alcalde de la ciudad, Franco pasó, sobre un camino alfombrado, al interior de la estación, subiendo al coche-salón preparado para transportarlo, mientras una guardia de honor, formada por muchachas de la Sección Femenina, ataviadas con el traje regional, “dejaban caer una lluvia de flores sobre Su Excelencia”. Todo al gusto de la parafernalia fascista tan de moda durante la vigencia del régimen.

A las 10,45 emprendió viaje el tren especial. En todas las estaciones de la línea se habían congregado los vecinos de los respectivos lugares, aún sabiendo que el tren no pararía en ninguna estación. Si lo hizo en las obras de fábrica de verdadera importancia, tales como los viaductos de San Jorge, el del Cabriel y el del Narboneta. En el segundo de los citados se efectuó la bendición de la línea, oficiando el obispo de Cuenca en un altar que allí se había levantado. En el viaducto del Narboneta (que luego recibiría el título de Torres Quevedo), Franco bajó hasta el fondo del barranco para admirar la perspectiva de tan grandiosa obra.

Luego el viaje siguió hacia Utiel, donde Franco pronunció unas palabras, emprendiendo seguidamente el regreso a Cuenca, una vez que los cinco coches del convoy fueron sustituidos por vagones restaurantes, en los que se sirvió la comida mientras el tren realizaba el trayecto de regreso a la ciudad conquense. Como a la ida,  el coche en que era trasladado desde la estación a la Fuensanta pasó por Carretería como una exhalación, sin dejarse ver. En el campo de fútbol estaban desplegadas y bien organizadas las centurias de Falange y 73 del Frente de Juventudes, que recibieron a su jefe con el acostumbrado y encendido clamor. Franco pronunció un discurso en el que, otras cosas, prometió volver a Cuenca con más calma. Nunca jamás quiso pisar de nuevo la ciudad.

El periódico local, Ofensiva, destacaba en su información que desde ese día podría hacerse el viaje de Cuenca a Valencia en tres horas y media, por 28 pesetas, el precio más barato en tercera clase, siendo de 42 pesetas en segunda y de 62 en primera. Eso por lo que se refiere al tren-correo, con parada en todas las estaciones y servicio de transporte de la correspondencia. La primera salida hacia la capital levantina tenía lugar a las 6,30 de la mañana; luego, a lo largo del día, en horas más cómodas, se instalaba también un automotor rápido y otro automotor semidirecto.

            La línea Cuenca-Utiel y su prolongación hasta Valencia quedó estructurada en la siguiente ordenación kilométrica:

151,499. Estación de Cuenca.

152,033. Puente sobre la calle Orégano, de 16 metros.

157,680. Estación de La Melgosa, fuera de servicio. Es bien protegido.

157,928. Paso superior sobre la línea férrea, de bellísimo trazado. Adir lo tiene catalogado como bien protegido.

159,000. Estación de La Melgosa, abandonada y en estado de ruina

164,714. Viaducto del Royo, de 242 metros.

165.855. Túnel de 120 metros.

168,162. Túnel de Palancares, de 2.302 metros.

170,702. Estación de Palancares, sin servicio y abandonada.

170,942. Túnel de Las Mentirosas, de 193 metros.

172,640. Túnel de Los Zorros, de 140 metros.

175,285. Viaducto del Vilano, de 223 metros.

175,641. Túnel del Rento, de 240 metros.

176,722. Túnel, de 90 metros.

177,445. Túnel de Colmenares, de 67 metros.

179,629. Estación de Cañada del Hoyo. Fuera de servicio, se utiliza como albergue juvenil.

183,003. Puente sobre el río Guadazaón, de 87 metros.

189.090. Estación de Carboneras de Guadazaón. El edificio está catalogado por Adif como protegido, teniendo en cuenta su singularidad.

189,614. Paso elevado sobre la línea férrea. Es bien protegido.

196,551. Estación de Arguisuelas, a un kilómetro del pueblo.

198,987. Túnel de San Jorge, de 104 metros.

199,100. Variante de San Jorge.

199,241. Viaducto de San Jorge, de 213 metros.

199,401. Túnel de Tejería, de 107 metros.

203,837. Estación de La Gramedosa, fuera de servicio.

207,284. Túnel del Sargal, de 731 metros.

208,065. Túnel del Conejero, de 45 metros.

208,524. Túnel de Los Lisos, de 46 metros.

208,637. Túnel de Yémeda, de 279 metros.

211,097. Viaducto de La Hocecilla, de 131 metros.

213,080. Estación de Yémeda-Cardenete, a 7 kilómetros de Yémeda y 3 de Cardenete.

217,221. Viaducto del Cabriel, de 267 metros.

219,640. Estación de Víllora, demolida.

220,478. Túnel del Salto, de 80 metros.

223,108. Viaducto de Víllora o de Lo Imposible, de 279 metros.

224,150. Túnel de la Olmedilleja, de 931 metros.

225,883. Túnel de La Olmedilla, de 1884 metros.

228,565. Viaducto del Narboneta o Torres Quevedo, de 680 metros.

229,090. Estación de Enguídanos, a 9 kilómetros  del pueblo en línea recta y a 35 por carretera.

229,520. Túnel del Cerro Carril, de 885 metros.

231,235. Túnel de Rajapuertas, de 641 metros.

232,106. Viaducto del Mira o de Villa Paz, de 220 metros.

232,251. Túnel del Mira, de 172 metros.

232,762. Túnel del Pardal, de 545 metros.

233,485. Viaducto de la Cortada o Puente de los Arenales, de 86 metros.

233,564. Túnel de La Cortada, de 65 metros.

235,994. Estación de Mira, fuera de servicio.

241,800. Límite entre las provincias de Cuenca y Valencia

243,617. Estación de Camporrobles.

256,040. Apeadero de Las Cuevas.

256,671. Estación de Cuevas de Utiel.

264,915. Estación de Utiel.      

272,000. San Antonio de Requena

277,000. Requena

287,500. El Rebollar

300.250 Venta Mina-Siete Aguas

310,000. Buñol

318,000. Chiva

324,000. Cheste

345,000. Aldaya

353,000. Valencia, con llegada a la Estación del Norte, en pleno centro de la capital levantina.