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El Campichuelo es una suave hondonada que se forma a los pies de la Sierra de Bascuñana, quedando al otro lado la Sierra de Cuenca [Foto José Luis Muñoz] |
En un repertorio paisajístico donde predominan amplios espacios dominados por factores grandiosos y espectaculares, la comarca de El Campichuelo viene a ofrecer un acusado contraste: aquí no hay grandes formaciones rocosas, no la cruzan ríos espumeantes que dan lugar a recodos y saltos atrevidos, no abundan los turistas domingueros ni de cualquier otro día. Es este un ambiente de sosiego, de intimidad pausada, en el que se desparraman varios pequeños pueblos que, en conjunto, representan de manera adecuada cuanto se puede decir o insinuar sobre las circunstancias de la España vacía, la España del interior mesetario, cada vez más olvida de los poderes públicos y de quienes ejercen los poderes informativos. Y, sin embargo, esta es una comarca bellísima, de suaves colinas y ambientes que invitan a la melancolía poética, donde no parece haber nunca prisa y en la que duermen apaciblemente maravillosos ejemplos del románico rural primitivo, asentado en sus iglesias.
El término “Campichuelo”
es un diminutivo de campo, que no aparece recogido ni en el Tesoro de
Covarrubias, ni en el Diccionario de la RAE ni en los repertorios lexicográficos
de José Luis Calero. Atendiendo a las explicaciones que dan los naturales de la
comarca, podríamos definirlo como un pequeño campo abierto y cubierto de
hierba. Geográficamente, es una hondonada
formada entre la Sierra de Bascuñana, al oeste y la Sierra de Las Majadas, al
este, con lo que se configura un espacio de acusada personalidad propia, entre
la Alcarria por un lado y la Serranía por otro y que a la vez da lugar a la
formación de dos cuencas hidrográficas, la del Júcar, que vierte el
Mediterráneo y recibe aquí las aguas de su afluente el río Mariana y la del
Tajo, que se orienta hacia el Atlántico, transportando las aguas de los ríos
Liendre, Trabaque y varios afluentes del Escabas. Aunque hay diversas interpretaciones
sobre la composición interna de El Campichuelo, una versión objetiva puede
establecer que se extiende desde Embid hasta La Frontera, dejando en su
interior los pueblos de Mariana, Collados, Torrecilla, Pajares, Villaseca,
Rigaborda, Ribatajada, Ribatajadilla y La Frontera. El paisaje definidor de
esta comarca es muy característico, formando una unidad diferenciada de las
asperezas serranas limítrofes tanto como de las suaves colinas alcarreñas para
dar lugar a una formación de tierras de labranzas y sucesión de cerros calveros
en los que aparecen algunas leves manchas de pinar, pero la principal
característica botánica la ofrece una variada flora menor con diversas
tipologías de sotobosque.
Conocido históricamente como El Campichuelo
de Ribatajada, quedó vinculado en la Edad Media, a continuación de la
conquista, a la ciudad de Cuenca, que consideró como aldeas propias los lugares
mencionados. Una carretera principal, la CUV-9116, atraviesa todo el
territorio, con inicio desde la CM-2105, frente al Ventorro, en Mariana, para
llegar hasta La Frontera que como su propia denominación indica, es el punto de
transición entre las dos formaciones naturales.
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El Dios de Pajares es un magnífico y centenario ejemplar de roble {Foto José Luis Muñoz] |
El paisaje del Campichuelo está formado por una sucesión de campos de cultivo entre los que se encuentran pequeños rodales arbóreos, sobre todo pinares, que incluso en tiempos antiguos dieron lugar a una pequeña industria resinera. El cerro Santiago es la principal referencia geográfica y a la vez uno de los puntos más altos en el centro del Campichuelo, desde donde se obtiene una amplia y bonita panorámica de toda la comarca quedando Ribagorda en una ladera frente a este punto. En ese espacio que parece ofrecer pocos estímulos a la naturaleza se encuentra, sin embargo, un elemento singular, el llamado Dios de Pajares, situado a un kilómetro de este pueblo, en la carretera que conduce desde Torrecilla a Arcos de la Sierra. Se trata de un potente roble, de la especie Quercus faginea, al que se le calcula una edad de 400 años; tiene un perímetro de más de cinco metros, una altura de fuste (desde el suelo hasta la primera rama) de 3 metros y un total de 18 metros hasta la copa que a su vez se despliega en un diámetro de más de 15 metros en la porción más ancha. Se trata, desde luego, de un magnífico ejemplar, pese a que el tronco presente algún deterioro, con justicia incluido en el catálogo de los árboles singulares de España. En cuanto al nombre, permanece en el misterio cuándo y por qué fue bautizado así, pero no es temerario atribuirlo a alguna confusa leyenda que puede remontarse a tiempos remotos en que pudieron celebrarse a la sombra de este árbol algunos rituales esotéricos. Recordemos que los celtíberos consideraban que el roble era un árbol sagrado y ese sentimiento pudo encontrar alguna vía de transmisión hacia épocas posteriores.
Desde el punto de vista demográfico, esta es
una de las comarcas en que con mayor claridad se puede apreciar lo que
significa la despoblación que amenaza a la España interior, porque el número de
los pocos habitantes que siempre ha tenido va en continua disminución.
Estamos
ante esta comarca entrañable, queda y silenciosa, en la que vamos a encontrar,
sobre todo, como señal identificadora, un largo rosario de piedras que tienen
todavía sobre ellas la masa ensambladora de los trabajadores medievales, los
artífices de las iglesias románicas. Carlos de la Rica lo ha dicho con palabras
poéticas -como no podía ser menos-: "De pronto siento el cálido aire del
siglo trece dándome en la cara, poniendo todo su mágico conocimiento en los
albañiles que recorren la comarca, urdiendo las mismas fábricas, colocando
sillares, añadiendo la espadaña, la severa traza, la pequeña portada dejando
para luego el arco que apuntala, la ojiva sobre el doble columnario, entre
tejados siempre la pequeña ventana que rasga la cabecera del templo, las
chimeneas, el caserío más bajo luego entre los árboles". Así es, así casi
sigue siendo, que el hombre, ya lo sabemos, es insaciable, incansable, en su afán
de poner las manos sobre lo que hay y por eso no ha podido respetar en toda su
pureza este rosario bellísimo de iglesias que fueron románicas o, como dicen
los entendidos, protogóticas.
Referencias: Juan Giménez de Aguilar, Viaje al hilo de Cuenca. Cuenca, 1995; pp. 11-17 / Miguel Ángel Monedero Bermejo, La arquitectura de la repoblación. Cuenca, 1982; Diputación Provincial / José Luis Muñoz, La fuerza interior. El Campichuelo y la Sierra. Cuenca, 1998; Diputación Provincial / José Luis Muñoz, “Los olvidados caminos de la Alcarria de Cuenca”. La Tribuna de Cuenca, 23-03-2023, p. 24 / Carlos de la Rica, “Donde el románico dejó sus piedras: El Campichuelo”. Cuenca, 1985; Revista Cuenca, núm. 25-26, pp. 131-140
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