LAGUNA DE EL TOBAR

 


Entre el roquedo y el cañizar, la laguna de El Tobar ofrece una hermosa imagen [Foto José Luis Muñoz]

La laguna de El Tobar fue declarada refugio de caza por decisión del Consejo de Gobierno de Castilla‑La Mancha, el 17 de mayo de 1988. La declaración supone el establecimiento de unas medidas de protección integral en cuanto se refiere a la avifauna y la flora localizada en todo el perímetro, estando prohibida la actividad cinegética de una manera permanente a la vez que se promueven los trabajos de eliminación de escombros, tratamiento botánico, etc. El espacio protegido abarca una superficie de 313,95 hectáreas en El Tobar, 34,81 en Lagunaseca y 274,99 en Masegosa.

Originalmente se habló siempre de dos lagunas, la Grande y la Pequeña, pero como resultado de un proceso natural ambas han llegado a unirse para dar lugar en la práctica a una sola. Se trata de una laguna de montaña, de tipo cárstico, distribuida en dos cubetas en apariencia independientes, pero comunicadas entre sí; la grande tiene 12 metros de profundidad y es de tipo holomíctico mientras que la denominada “del cerebro” alcanza 19 metros y es de tipo meromíctico, con aguas profundas de gran salinidad, tres veces superior a la del mar, sin que se haya podido llegar a establecer la causa de este fenómeno, pues en superficie el agua es dulce.

El agua de la laguna ofrece la peculiaridad de que en la superficie es dulce, pero a unos veinte metros de profundidad resulta salada. El complejo lagunar ocupa un amplio espacio enmarcado por potentes escarpes rocosos en la vertiente norte. En este humedal invernan anátidas, en especial el ánade real, habiéndose incluso localizado casos de nidificación del zampullín chico y la aparición en invernada de especies muy raras en el centro de la península, como es el caso del colimbo grande. También se encuentran ejemplares de nutria. Muy llamativa es la presencia del nenúfar blanco, siendo este uno de los pocos lugares de España en que puede contemplarse esta formación vegetal, con frecuencia acompañada aquí de diferentes especies de espigas de agua (myriophyllum y potamogeton). El espacio lagunar está rodeado de carrizos, juncos y mimbreras, que forman un tupido manto vegetal en torno a la superficie.

Los amigos de admirar paisajes, sin necesidad de que éstos sean espectaculares, pueden seguir el consejo de un conocedor de la zona, Joaquín Esteban Cava: “Verdaderamente es digno de contemplar el paisaje que se ofrece a los ojos de los visitantes cuando se mira la vega en la que se encuentran enclavadas las lagunas, especialmente si se hace desde el cerro de Marigarnica, que cierra la vega por su lado oeste, y al que se puede acceder por la pista que comunica ambas bocas del túnel que se construyó en los años sesenta para traer las aguas del pantano de La Tosca, en Santa María del Val. Tanto o más llamativo es el espectáculo que se contempla de ese mismo paraje visto desde Cabeza del Cepero, en el término de Masegosa. Es la cumbre del monte que se desliza casi en vertical en el lado nordeste de la Laguna Grande, en donde ésta tiene sus fuentes. Se accede a este mirador privilegiado desde la carretera de Beteta y caminando a pie unos quinientos metros por un bosque poblado de chaparros.

Desde Cabeza del Cepero se puede contemplar justo debajo la importante superficie lagunar, de aguas de color azul celeste, en medio de un paisaje poblado de encinas y pinos en las laderas de los montes que la circundan, de carrizos, eneas y masiegas en sus laderas y de mimbre en las zonas fértiles de la vega” [Joaquín Esteban Cava, El Día de Cuenca, 05-09-2002, p. 25].

Bordeando la laguna por una estrecha senda en la que hay varias fuentes naturales, se llega al Prado Saz; en el paraje, las arcillas rojas del suelo abundan en jacintos de Compostela, una variedad de cuarzo que cristaliza de manera muy singular, en bipirámide hexagonal, por lo que es considerada como una piedra semipreciosa. Desde este lugar, continuando camino, se alcanzan las torcas de Lagunaseca.

Referencias: Miguel Álvarez Cobelas y Carmen Rojo García Morato: “La laguna de El Tobar; una joya de la Serranía”. Masegosa, Mansiegona, núm. 15; pp. 40—57.