NACIMIENTO DEL JÚCAR

 


Paraje de Valdeminguete, donde surgen varias pozas que, al unirse, dan forma al naciente río Júcar [Foto José Luis Muñoz]

Los niños de Cuenca sabían antes (cuando los niños, en las escuelas, aprendían estas cosas, ahora consideradas  insignificantes) que el Júcar nace en un paraje de nombre verdaderamente atractivo: Ojuelos de Valdeminguete, en la falda del cerro de San Felipe orientada hacia la umbría, uno de los que forman la Muela de San Juan, generosa como ninguna a la hora de proporcionar agua a tierras y mares muy lejanos de ese origen. Estamos en una de las estribaciones más arriscadas del Sistema Ibérico, a 1.621 metros de altitud (1.840 tiene la cumbre de San Felipe), en la vertiente occidental de los Montes Universales. Es inútil buscar, como sucede en tantos otros sitios, un manantial concreto, una boca por donde mana el agua, quizá un borbotón o una cascadilla ruidosa. No hay tal cosa aquí. Las aguas del naciente Júcar son subálveas, sepultadas misteriosamente bajo la superficie de una tierra siempre verde, siempre húmeda, de manera que uno puede imaginar la existencia de una amplia zona encharcada, bien abrigada, de la que acá y allá surgen espontáneas pozas en busca del aire libre. Por dónde y en qué momento llevan a cabo esa maniobra es también cosa caprichosa: según haya sido de lluviosa la temporada, así las fuentes principales estarán a mayor o menor altitud, de tal manera que las variadas bocas del Júcar se distribuyen en un espacio de varios cientos de metros cuadrados.