SEIS PROYECTOS PARA UN MONUMENTO A ALFONSO VIII

 

 


Ocho siglos esperando un monumento al rey Alfonso VIII

          Aunque en Cuenca hace tiempo que nada es sorprendente, la búsqueda de un monumento para honrar la memoria del rey Alfonso VIII tiene todos los adornos necesarios para conducir hacia un escenario de verdadero estupor. Por supuesto, todas las ciudades europeas están dotadas de un sinnúmero de símbolos escultóricos con los que se recuerda visual y gráficamente a quienes se consideran merecedores de ser representados en los itinerarios urbanos. Esa misma idea había encontrado asiento en Cuenca desde tiempo inmemorial, sin acertar a quedar plasmada en una figura escultórica real y verdadera, porque la indecisión marcó siempre la adopción de un acuerdo firme. La ocasión definitiva pareció llegar en 1977, año en que se cumplía el octavo centenario de la conquista de la ciudad precisamente por las tropas encabezadas por Alfonso VIII. El desarrollo del suceso es verdaderamente digno de entrar en el libro de los esperpentos.

            Por centrarnos en la época moderna y no retroceder demasiado en avatares históricos, digamos que se puede encontrar una primera señal de interés cuando en 1972 el periódico Diario de Cuenca convocó un concurso público entre sus lectores para recibir ideas que pudieran ser de aplicación en la ciudad, resultado premiada en primer lugar la presentada por el comerciante Pablo Redondo Llorente para la erección del ansiado monumento, que debería estar preparado precisamente para su inauguración en el año 1977. Como se escribía en el propio periódico, “el resultado del concurso no viene sino a refrendar esa opinión compartida por todos nosotros”.

            La sugerencia, como es lógico, suscitó de inmediato adhesiones e ideas llamadas a ilustrar el proyecto. Incluso el cronista oficial de la ciudad y poeta representativo, Federico Muelas, participó en el debate con un artículo en el exponía “De cómo yo creo que podría ser el monumento al rey Alfonso VIII y al Fuero de Cuenca”[1], proponiendo como lugar más adecuado el jardincillo del Escardillo, en la subida a la Plaza Mayor, junto al Palacio de Justicia.

            Pudo parecer, en cierto momento, que esta vez el propósito iba en serio, camino de poder cristalizar en un hecho cierto. Así se puede deducir del acuerdo adoptado por la Comisión Municipal de Festejos, que el 6 de febrero de 1975 anunció que empezaba a preparar el programa de actos encaminados a la conmemoración del centenario, a lo que el alcalde, Juan Alonso-Villalobos, añadió por su cuenta que entre esos actos estaría la inauguración del monumento, pero se olvidó (él y sus compañeros de corporación) de iniciar el procedimiento para que tal deseo pudiera convertirse en una figura real.

            De esa manera llegó el año 1977 sin que se hubiera dado un paso efectivo en el sentido deseado, pero algo se estaba moviendo, porque de manera inesperada, en el pleno del 6 de febrero de ese año el alcalde presentó un boceto realizado por Juan de Ávalos, en el que se mostraba al rey espada en mano, sobre una roca, en posición dominante. La obra, esculpida en bronce, tendría una altura de tres metros y un coste de seis millones de pesetas. El trabajo, explicaba el escultor, podía realizarse de inmediato puesto que lo tenía todo preparado pero en el seno de la corporación surgió la voz discrepante, la del concejal José Luis Álvarez Bel que mostró reticencias hacia un encargo directo, recomendando la conveniencia de un concurso público que, entre otras cosas, podría dar una oportunidad de participación a los escultores conquenses. Como es lógico, se planteó el necesario debate, en el que junto a la bondad de esta última propuesta se esgrimía el hecho evidente de que con tal sistema, el monumento no podría estar listo para el mes de septiembre, como se pretendía.

            Se rechazó, pues, la propuesta de Juan de Ávalos y se puso en marcha el concurso, al que se presentaron seis proyectos de cuatro artistas, cuyas características voy a resumir[2]:



Proyecto de Redondo Badía

            Lorenzo Redondo Badía presentó tres propuestas: una pensada para la Plaza Mayor, y las otras, de tamaño más reducido, para la plaza del Obispo Valero.

            En el primer caso, la idea era levantar un monumento que debería tener unas dimensiones de siete metros de largo por cuatro de ancho en su parte posterior, mientras que en la anterior sería de 2,5 metros, con una altura total de 8 metros, ocupando la figura del rey sentado en el trono una altitud de 3,5 metros. En la ejecución se emplearía piedra de Alicante o Colmenar, ambas calizas blancas.

            En cuanto a sus características, se representa en la parte frontal al rey en el trono, con el Fuero de Cuenca en sus manos; en los laterales, otra vez el rey leyendo el Fuero y unos serranos con el fondo del paisaje característico de la Serranía. En la parte derecha, una escena de la conquista sobre un fondo de los hoces y en el lateral izquierdo, un bajorelieve en bronce con el tema de la vaquilla, de 5x2 metros. A juicio del artista, el lugar ideal para el emplazamiento es la Plaza Mayor, frente a la fachada de la catedral, y por ello el diseño tiene forma de trapecio, para adaptarse a la forma de la plaza.

            El plazo de ejecución de esta propuesta es de 32 meses y el presupuesto, siete millones y medio de pesetas, con una alternativa: hacer la estructura en hormigón modelado y las figuras en piedra con lo que el plazo se reduce a 24 meses y el precio a seis millones de pesetas.

            El segundo proyecto presentado por Redondo Badía tiene unas dimensiones de 4,5 metros de largo por 3 de ancho y una altura máxima de 8. La materia a emplear es hormigón modelado con la figura del rey en bronce, representado en el acto de ofrecer la ciudad al pueblo después de la conquista, con el Fuero de Cuenca representado en el panel vertical mientras que en la base debería figurar una escena de la conquista. El lugar elegido para la colocación del monumento es la Plaza del Obispo Valero, el tiempo de preparación cuatro meses y el presupuesto, 3.800.000 pesetas.

            En su afán de reducir costes y tiempo, el escultor añadía una tercera variante, consistente en un monumento de 3,5 metros de altura, con el rey en el trono, construido en piedra de Alicante o Colmenar, sin mayor decoración, con un presupuesto de 1.500.000 pesetas y un tiempo de tres meses para su preparación.

            Julio López Hernández y Gustavo Torner presentaron conjuntamente un proyecto en el que el primero se hacía cargo de la escultura y el segundo ofrecía un rediseño de la zona urbana de la Plaza del Trabuco, junto a las murallas, donde en la actualidad existe un aparcamiento para residentes. En ese espacio se levantaría la figura ecuestre del rey, vestido con atuendo militar propio de la época, situado en una superficie escalonada en que la figura escultórica ocuparía el sector más elevado.


López Hernández y Gustavo Torner pensaron en rediseñar la zona del Castillo, ahora dedicada a aparcamiento.

            Sobre el espacio elegido, los artistas indican que es preciso rodear la escultura del rey de unos elementos de transición al paisaje natural inmediato, buscando la forma de armonizar los elementos constructivos de la ciudad con las grandes perspectivas de la Hoz del Júcar, creando un equilibrio dinámico entre ambos conceptos. En ese ambiente, el caballo en actitud de frenada está aludiendo al campo de donde viene y a la ciudad a donde llega, llevando entre sus manos la figura de la Virgen del Sagrario, centrada y en posición vertical, con la mirada dirigida hacia la catedral.

            La escultura queda situada en la parte final y más alta de una plaza escalonada, escurriéndose por sus peldaños hacia las rocas próximas. El espacio, además, está pensado para que pueda tener diversas funciones como lugar de actos sociales o culturales, además de servir de mirador hacia la Hoz del Júcar. Lo ideal, opinan los artistas, es que el material empleado en la construcción de la plaza fuera de piedra de toba, tan característica de la provincia, con un pavimento de cantos rodados, a lo que se añade una plantación de olmos en la parte baja. En cuanto a la figura del rey Alfonso VIII, el material propuesto es el bronce-

            El plazo de ejecución de las obras se fija en 13 meses y en cuanto al presupuesto, tiene dos partes; por un lado, cinco millones y medio de pesetas, para el trabajo de escultura a cargo de López Hernández, mientras que Gustavo Torner renuncia a cualquier tipo de remuneración por el diseño del espacio, considerando que se puede ejecutar directamente por los servicios municipales. Este trabajo fue valorado por el arqutecto municipal Fernando Barja en 4.590.000 pesetas.

            Alejo Otero Besteiro presentó también dos bocetos de un único proyecto, un monolito geométrico, que podría parecer convexo o cóncavo según la perspectiva del observador, representando a los vencedores y a los vencidos. Uno de los presupuestos era el más elevado de todos: 20 millones de pesetas.



El rey, según Otero Besteiro

            En la versión sencilla, el artista explica que, observando las características topográficas de Cuenca ha querido sintetizarlas “en una forma aproximadamente circular, de tres metros de diámetro, cóncava y convexa, según se mire por uno u otro lado y se apoyará sobre el lateral, orientada con la cara cóncava hacia el Este”. En la cara interna y en disposición aproximadamente vertical se situaría una serie de formas geométricas que darán origen a un conjunto semicurvo y alargado, de siete metros por dos y medio a tres. En la parte alta “se elevará sobre sus patas traseras un victorioso caballo, sobre el que cabalga glorioso el monarca; siguiendo al rey irán dos figuras que simbolizarán a sus soldados”. En el lado opuesto, esto es la parte inferior del monumento, irán un caballo y tres figuras cayéndose, simbolizando a los derrotados.

“Las figuras y caballos serán de aluminio y las formas descritas antes, de cemento armado, chapado con piedra de granito”. En la parte central de la cara cóncava de la forma circular irá un relieve de aluminio en el que serán representadas de manera esquemática montañas y en la base de estas se iniciarán unos trazos a modo de senderos, mientras que en el lado opuesto otros relieves, igualmente de aluminio, representarán álamos y pinos.          

Según Oteiro Besteiro, “esta forma circular cóncava y convexa simboliza a Cuenca, las montañas y los árboles de ambas caras, su paisaje, y los senderos de bolas que sinuosos recorren la superficie, los ríos y el conjunto de volúmenes superpuestos, entrantes y saliente en semicurva y proporción alargada, el mágico equilibro de las formas en Cuenca”.

El lugar elegido es el barrio del Castillo, por estar en lo más alto de la ciudad y ser una zona turística prioritaria. Para ejecutar la obra calculaba un tiempo de 17 meses un presupuesto total de 14 millones de pesetas.

Esa idea la desarrolla el escultor de manera más amplia y detallada en el segundo proyecto presentado, que reproduce básicamente las ideas del anterior, pero a las que añade otros elementos. Así, aparecen dos figuras de bronce, de tamaño natural, en actitud de ir trepando por la ladera del montículo para intentar llegar a la cima, simbolizando a los soldados castellanos. En lo más alto, orientado al poniente, se sitúa la figura ecuestre del rey Alfonso, también en bronce, en actitud victoriosa, portando en una mano la espada y en la otra una enseña con la imagen de la Virgen de la Luz.

También se completa esta versión con una zona ajardinada que rodea el monumento a sus pies, con un manantial de agua que correrá ensanchándose en su trayectoria en forma espiral hasta desembocar en un estanque y que irá rodeado de arbustos y árboles en pequeños grupos entre los que se colocarán conjuntos de piedras dejando espacios libres para césped.

En este caso, el plazo previsto por el escultor para ejecutar la obra es de 24 meses y el presupuesto ofrecido, veinte millones de pesetas.



La idea monumental diseñada por Cid de Diego

            Fernando Cid de Diego y Sanguino elaboró un proyecto ciertamente complejo y muy elaborado, que ofrecía una visión del rey entrando triunfalmente en Cuenca, portando en una mano la espada y en la otra el Fuero, símbolos que para el artista representaban una combinación de fuerza y justicia. “Merced a una especial técnica escultórica –dice el artista en su memoria- propia del autor y que se empleará en esta figura, el semblante del monarca será de tal forma que cambiará de expresión, siguiendo con su mirada el movimiento de todos y cada uno de los observadores que lo contemplan”. La ciudad queda representada por sus murallas almenadas que en forma circular rodean la figura del rey y, a su vez, quedan rodeadas por dos brazos de agua corriente que simbolizan los ríos que se van deslizando en forma de cascadas sucesivas por nueve piletas a distintos niveles. Con todo ello se dispone una evidente escenografía ambiental formada por 47 elementos escultóricos que incluyen los ríos, la ciudad, los alrededores de la urbe, los habitantes, el Fuero, el escudo, la albuera y, en el centro de todo, la figura del rey Alfonso VIII, pletórico de juventud que, a diferencia de otras propuestas, se presenta a pie llano, ofreciendo al pueblo el documento del Fuero.

            La escultura regia tendría una altura de 3,25 metros, situada sobre un pedestal no muy alto, hecha en materia metálica y colocada casi al mismo nivel del espectador; a su alrededor se sitúan las manos y brazos tanto de los soldados vencedores como de los vencidos para de ese modo simbólico no distraer la atención de la figura central. Además, el escultor define cómo deberían ser otros elementos ambientales, como los ríos, los surtidores de agua o la iluminación del conjunto. Para el emplazamiento, Cid de Diego se inclina también por el espacio situado en la calle del Trabuco, junto al Castillo (el mismo señalado por Torner y López Hernández).

            El plazo de ejecución fijado es de 150 días para el trabajo escultórico y otros 150 para el ambiental, que el artista sugiere se realicen de manera simultánea, pero en este caso el segundo componente debería acometerlo directamente el Ayuntamiento. El importe total lo calcula en 3.650.000 pesetas para el primer apartado y 3.470.000 para el segundo.

            Como se puede observar por esa relación (en la que no figura Juan de Ávalor) había nombres realmente insignes del arte escultórico español de la época, como el gran Julio López Hernández o Alejo Otero Besteiro, junto a un artista conquense ya consagrado, Gustavo Torner y otros dos locales, pero también prestigiosos, Redondo Badía y Cid de Diego. Pero el jurado municipal no se arredró ante los nombres y en sesión municipal del 21 de noviembre de 1977 declaró desierto el concurso, por cinco votos frente a los cuatro emitidos a favor de Fernando Cid y dos a Gustavo Torner y Julio López Hernández. Había pasado ya la fecha del centenario (21 de septiembre) pero el Ayuntamiento quería mantener el compromiso, por lo que se anunció una nueva convocatoria del concurso. Palabras que se llevó el viento, porque tal cosa nunca sucedió.

            Aparece una de esas etapas fecundas en silencios, que nadie quiere romper ante la inseguridad de que podría hacerse para romper el impasse. El silencio se extendió incluso al hecho, francamente llamativo, por no decir que nos encontramos ante una flagrante irregularidad económica y administrativa, de que para financiar este proyecto, el Ayuntamiento había pedido y recibido autorización gubernamental para llevar a cabo una corta extraordinaria de pinos en los montes públicos, operación que sí se realizó y dinero que sí se obtuvo. Pero tampoco nadie tuvo interés especial en comprobar en que se habían gastado tales ingresos especiales. Desde luego, en hacer un monumento a Alfonso VIII, no.

            Pasan los años y no parece que haya especiales intenciones de volver a mover tal asunto, hasta que en 1983 la iniciativa surge donde quizá menos podía esperarse: la Caja Provincial de Ahorros de Cuenca, que se ofrece al Ayuntamiento para financiar la obra. El asunto se lleva a la mesa del pleno municipal el 23 de abril de 1983, en sesión que preside el alcalde André Moya, bajo cuya iniciativa se adopta una decisión a la vez insólita como sorprendente: darse por enterados de la propuesta. Ni más ni menos, ni sí ni no. Archívese y déjense las cosas como están.

            A continuación se va produciendo un goteo de declaraciones, en unos casos de personas particulares, que envían cartas al periódico o se manifiestan en diferentes foros de opinión; en otros, miembros cualificados de colectivos sociales, como el concejal socialista Jaime Jiménez, portavoz de la oposición, que en declaraciones a Gaceta Conquense en octubre de 1990 llegó a decir que en el presupuesto municipal del año 1988 se habían consignado seis millones de pesetas para volver a recuperar el asunto del monumento. Otro concejal del mismo grupo, José Luis Chamón, también se mostraba al año siguiente favorable de recuperar la idea, hasta que se fue diluyendo en el olvido. Habrá que esperar una fecha más adelantada para volver a encontrarla con posibilidades de realización y, como son las cosas, por partida doble, tal y como corresponde a ciudad tan disparatada como es Cuenca. Porque después de siglos en que no hubo forma de levantar el dicho monumento al rey conquistador, a continuación, de golpe y porrazo, se hicieron dos, uno en los jardines de la Diputación Provincial, obra de Miguel Zapata y otro en la plaza del Obispo Valero, a cargo de Javier Barrios. Así son las cosas y así las tenemos que asumir.

 

 



[1] Diario de Cuenca, 08-05-1975, p. 7. El texto puede encontrarse en mi libro Federico Muelas. El articulista de periódicos. II. Diario de Cuenca. Diputación Provincial, 2014, vol. II, pp. 248-252.

[2] Una información completa y detallada se puede encontrar en los reportajes que dediqué a comentar cada uno de los proyectos, en Diario de Cuenca, 15 a 18 de julio de 1977.