CUENCA

 


Cuenca, núm. 1 (1899)

Cuenca, tal como suena, es el título de esta publicación, aunque, eso sí, con un subtítulo muy expresivo: Revista semanal científica, literaria, artística y de noticias. La dirección y administración figura en Tablas, 28, donde ya existía la Imprenta de la Plaza e Hijos, conocida de casos anteriores. El número 1 lleva la fecha 19 de noviembre de 1899, tiene ocho páginas y no hay en él ninguna identificación en cuanto a responsables, apareciendo solo algunas firmas de las que algunas son con toda evidencia seudónimos: Juan de Calandraca, Miguel Santa María, G. Crespo, L. Garrido, E. Miranda y Rico, José Sabau y Romero, José Doz de la Rosa, R. Carrillo. Más adelante, por una escueta nota, conocemos el nombre de un colaborador, Andrés Falcón y Pardo, que no pudo participar en ese número (el 5) por estar enfermo. Y también por ese sistema, una nota indirecta, conocemos más adelante el nombre del director: Antonio Delgado. La cita aparece en el número 6 (24-12-1899) cuando en un breve suelto se dice: “Ha quedado honrosamente zanjada la cuestión pendiente entre el Director de esta revista, don Antonio Delgado y D. Miguel Santa María”, sin que se nos diga nada acerca de cual pudo ser esa “cuestión” surgida entre ambos.

El contenido presenta, de forma mayoritaria, un aspecto literario, con abundancia de poemas de no mucha calidad. El número tenía un precio de 10 céntimos y la suscripción mensual 40 en la capital y 1,20 al trimestre en la provincia. Aparecía los sábados de cada semana.

El número inicial se abre con una declaración de intenciones en la que no faltan algunos toques de ironía: “Al publicar la presente revista no guía a los que hemos concebido la idea de su publicación, ningún interés particular de lucro, ni vamos impulsados por móviles políticos ni pensamos hacer el periódico palenque de discusión de ideas religiosas.

Ajenos a toda ganancia pecuniaria, que desde luego se ve que no puedo existir; descontando la política, que dejamos para los que a ella se dedican, y no ocupándonos de la religión, porque ni estamos autorizados, ni nos creemos con fuerza para ello, sin embargo de ser católicos, no trataremos más cuestiones que aquellas que se refieran a la ciencia, a la literatura y al arte; ancho campo donde caben la mayoría de los problemas que agitan a la sociedad actual”.

Para cumplir tan encomiables propósitos, los impulsores de Cuenca abren sus páginas a todos los trabajos que se le quieran enviar “haciendo la salvedad de que todos ellos han de ajustarse a las reglas de la más severa moralidad”. En la segunda página se incluye una columna de noticias bajo el pomposo título de “Crónica semanal”, con unos pocos –y brevísimos- apuntes de cuya naturaleza bien puede dar idea éste:

“Nuestro Ilustre Prelado, enfermo gravemente desde hace tiempo, ha dejado de existir. Acompañamos a su familia y deudos en su justo dolor, y sentimos la pérdida que acaba de sufrir la Diócesis de San Julián”. Menos mal que páginas adelante, en la 6, la noticia se amplía con una escueta nota biográfica de Pelayo González Conde.

La tendencia continúa en los números siguientes, dedicados en su práctica totalidad a publicar trabajos literarios del más diverso contenido pero, eso sí, buscando la ausencia total de compromiso con la actualidad, como se le dice en una breve nota a un comunicante, C.T. de Cuenca: “No admitimos artículos políticos y menos los que puedan molestar a ciertas personas”. Artículos, pensamos, que debían llegar de manera continua y abundante si atendemos a una relación inserta en el número 5 como “Cartas en Lista”.

La aventura duró siete semanas, culminando el 31 de diciembre de ese año final del siglo, con el número 7, que sus promotores no deberían pensar que iba a ser de despedida, porque en cierto momento se dice a un lector que “sus cantares se publicarán en el próximo número”, señal obvia de que contaban con hacerlo. No hubo ocasión para tal cosa y allí acabó la vida de una publicación que, vista desde la distancia, ofrece escaso interés informativo y debía satisfacer solo a quienes en ella veían insertas sus invenciones literarias.