MANIFIESTO DE LA CIUDAD DE CUENCA

 


Las torres de la Catedral y de Mangana sobrevolaban por encima del casco antiguo de Cuenca.

El inicio de la Guerra de la Independencia, el 2 de mayo de 1808, provocó una amplia reacción institucional y popular en numerosas ciudades de España, lo que se reflejó en la publicación de múltiples manifiestos que, si coincidentes en el fondo, ofrecen un amplio muestrario estilístico y de matices. La ciudad de Cuenca no formó parte de ese grupo de avanzadilla reivindicativa del honor nacional, sino que sus dirigentes se lo pensaron con calma, movidos por la prudencia ante el temor de que se produjeran represalias por parte del invasor francés. Por fin, el 16 de agosto, se atrevieron a dar forma al Manifiesto en el que, además de los lugares comunes repetidos en casi todos los demás, dedicaron  un amplio espacio precisamente a justificar su retraimiento en dar a luz el texto acordado y que aquí se reproduce.

 

MANIFIESTO

A LA ESPAÑA,

POR LA CIUDAD DE CUENCA

 

Con licencia. En Cuenca, por La Madrid, año de 1808

 

   En un tiempo en que la Nación cuyas prendas más amadas han sido siempre la fidelidad y el valor, hace digna ostentación de ambas en defensa de la mejor causa, que pudo alarmar los hombres desde que existen sobre la tierra, no es estraño que lidien las provincias para sobresalir, y arrebatar cada qual la corona del honor y la gloria con preferencia a las demás. Por la gracia de Dios es el Español cristiano católico, y por naturaleza pundonoroso y altivo, y dexa muchas veces marchitar por el mal aire del orgullo las flores aromáticas y saludables de la moral de la religión. Enojan tanto e indignan con tal extremo al Español rancio las notas de cobarde y traydor, que el prudente necesita de todo el influjo de la santa humildad para tolerarlas, y el que no lo es arrostra temerariamente los peligros y rompe las más íntimas y firmes alianzas, pareciéndole mengua sufrirlas. ¿Quantas veces compromete al valor mismo el ardor de manifestarlo, y lo que no puede conseguir por si el enemigo, se lo da ya conseguido el que blasona de serle contrario por su precipitación y vanidad? No son sino virtudes morales la valentía y la lealtad y para no degenerar en vicios, necesitan de la compañía de las demás y especialmente de la dirección de la prudencia.

    Contraigamos estos principios a las circunstancias del tiempo en que estamos, teniendo presentes los sucesos de nuestra nación desde el día 19 de marzo de este año, quando derribado el formidable tirano de este imperio[1], renunció Carlos IV su corona en su hijo el Príncipe D. Fernando. En todas partes fue igual el gozo de los españoles, y proporcionado al odio que profesaban al inhumano perseguidor de un príncipe inocente, virtuoso y amado de sus pueblos. Quando se ausentó este dulce joven de nuestras regiones para un país extrangero, a donde le conduxo la pérfida hipocrecía de un malvado; y sobre todo quando se descubrió la trayción cuya fealdad y horror no se creía compatible con la nobleza del trono, y brillo de la diadema, ya fuese del mas mentiroso de los griegos, o del más inculto de los escitas y bárbaros, quanto menos del que se apedillaba justo y grande entre los Soberanos de la ilustrada Europa, el sentimiento general llegó a su colmo, y la indignación se vio dibujada al natural en todos los rostros.

     En ninguna ciudad de España había menos relaciones que en Cuenca con el abominable Godoy, y con los infames agentes de sus maldades. Si alguno de ellos debió algo a esta ciudad, en ninguna parte fue más odiado y maldecido que entre nosotros. Es decir, que para juzgar y ver en su verdadero punto las cosas ocurrentes, ninguno podía tener ni el espíritu más limpio, ni la vista más perspicaz que nosotros. Así fue, que no encontrando en nuestros corazones el horror de los acontecimientos pasión que lo disfrazase, produxo en ellos la impresión, que aunque insufrible, es todavía más fácil de sentirse que de explicarse. Todo el mundo clamó al arma, y declaró la guerra, pero fue preciso contentarse con manifestar los deseos, esperando con impaciencia de quien lo debía dar, el impulso para ponerlos en execución. Esta es la desgracia que tienen las provincias, a quienes la naturaleza ha dado la situación que a la de Cuenca, que en las empresas militares del género de las nuestras en el tiempo presente, por más eficaces que sean sus anhelos de igualarse, o anteponerse a otras, jamás podrán ocupar la vanguardia y capitanear a las demás. Qualquiera provincia que sea, hallándose sin puertos para recibir refuerzos de un aliado, sin almacenes, ni fábricas de municiones, sin fortalezas, ni tropa alguna veterana, debe aguardar para una lid general tal como la nuestra, la decisión de aquellas a quienes la naturaleza y su constitución han adornado de las indicadas ventajas. Obrar de otro modo anticipándose temerariamente, es añadir laureles al enemigo con poco o ningún coste suyo, quitar recursos a las que deben ir primero, comprometer su honor, y exponer, o frustrar enteramente los planes más bien concertados, y las combinaciones más atinadas.

     Todos conocen la situación geográfica de Cuenca, pero no todos se hacen cargo en este tiempo de su estado político. Ni hemos tenido armas ni soldados, pues carecemos aún de nuestras milicias. Cercanos a Madrid y confinantes con su provincia, somos siempre los primeros en recibir las ideas que esparce aquella capital, según los movimientos de sus tribunales, o la clase de sus propias convulsiones. Se nos aseguró que el Consejo de Castilla se había constituido por punto de reunión, para obrar de acuerdo con las provincias, y levantar exercitos con que libertar el Reyno de su opresión. Como el secreto es el alma de semejantes proyectos, se tuvo por un disimulo político el porte del Real Consejo en los días inmediatos a la partida del Señor Infante D. Antonio. Mas quando se resolvió a proclamar por regente a Murat, y se publicaron de su orden las fatales renuncias de la familia española de Borbón, se descorrió el velo de lo que pasaba en Madrid. Aseguróse en todos la persuación de que de la Corte no había que esperar la salud de la España y que antes bien era preciso salvarla a ella de los grandes males que sufría. Nuestra proximidad al Reyno de Valencia nos hizo saber muy pronto los movimientos de aquel Reyno; llegaron a esta provincia sus proclamas y en ninguna parte se tuvo más complacencia en aquel levantamiento y los demás que le acompañaron. Avergonzada Cuenca de verse prevenida en asunto de tanta gloria y honor, quiso declararse, mostrando en corrillos y pasquines su desafecto contra la lentitud del magistrado, acusándola de trayción.

     Se celebraron juntas para deliberar con acierto, entre las quales fue muy numerosa y concurrida la del 4 de junio, en que compitieron a porfía el ardor nacional, el odio a los franceses y amor al Rey para declarar la guerra, con el juicio, la madurez y previsión que obligaron a suspenderla. Y en verdad, ¿qué hubiera logrado Cuenca con declararse? Llamar al enemigo a talar sus campos, saquear sus pueblos y disminuir sus habitantes, aumentar blasones a Napoleón, colmar su orgullo y darle más fuerzas contra nuestros hermanos, que no habían podido todavía organizar su exercito, para cubrir sus fronteras. Son muy de bulto las razones que determinaron la resolución de esta ciudad, para que dejen problemático su crédito y fidelidad entre las gentes equitativas e instruidas; y hacen muy poco favor a su talento y moral los que se desentienden de ellas, para conseguir el lauro, que jamás les acordará una nación generosa e ilustrada. ¿Y qué han hecho los pueblos del centro de España que confiados en la multitud de una plebe inexperta y tumultuaria, no se han sugetado al orden y manera de guerrear consiguientes al estudio y exercicio de la táctica propia de militares aplicados y valientes? Acaso han mostrado más de lo que quisiéramos aquella verdad estampada por Tito Livio: que la plebe es más feroz para amotinarse, que para pelear con concierto y fruto. ¡Ojalá hubieran seguido esta saludable máxima los que nos insultan en los papeles públicos, tratándonos de indiferentes y sin acción, y los que nos acusan de traydores! pues ni los unos sufrirían la deshonra de haber desmentido sus empeños, ni los otros ocasionarían la sospecha de que no el amor a la justicia y a la buena causa, sino el deseo de una libertad sin freno es el móvil de sus operaciones.


Figura de San Cristóbal, en uno de los remates
de la custodia de Becerril, cuyos restos se
encuentran hoy en el Victoria and Albert Museum
de Londres.

    Quando esperábamos la ocasión oportuna de armarnos y proceder acordes con los exércitos de Aragón Valencia, se intimó a esta Ciudad de orden de la junta de Madrid (que se decía suprema) la venida de diez mil hombres de tropas francesas a las órdenes del mariscal Moncey, llenándonos de aflicción, no tanto por los peligros que amenazaban a este vecindario, quanto por los perjuicios que juzgábamos inevitables en Requena [2], Moya y otros pueblos, que se habían declarado abiertamente contra ellos, y se hallaban descubiertos, y sin fuerzas que oponer a su furor. Verificóse en el día 11 de junio la llegada del exército de Moncey a esta Ciudad, donde permaneció hasta el 17 de por la tarde, en que tomó el camino de Valencia, dejándose algunos enfermos con guardia que los custodiase. Apenas habría andado tres jornadas, se presentó aquí una quadrilla de hombres armados con un capitán llamado D. Antonio Malabia, pretendiendo llevarse consigo a Moya u a Valencia los enfermos franceses ya dichos, añadiendo que quedaban cerca la Ciudad otras muchas tropas para protegerles en su demanda. Bien pronto se vio no ser este el único fin que los había conducido, pues a pocas horas allanaron las casas del Corregidor don Ramón Gundín de Figueroa y del Intendente don Baltasar Fernández a quienes aprisionaron y se llevaron con el mayor vilipendio unos quantos de aquellos mas bien foragidos que soldados, quedándose los otros a saquear las de algunos vecinos pacíficos de quienes el pueblo no ha formado nunca la más leve queja; y después de haber consternado el vecindario con amenazas y tiros de fuego, se marcharon bien entrada la noche. No bien empezábamos a respirar de este acaecimiento que nos sorprendió sobre manera, y a dar disposiciones para defender esta capital y conciliarle el respeto debido al lugar que ocupa entre las principales del Reyno, el día 24, a las 12 de la noche, empezaron a entrar compañías de Valencianos bien armados hasta el número de unos 800, que dijeron ser del regimiento de la Fe, sin dar aviso. Los principales oficiales se encaminaron a la casa Episcopal a avistarse con el Señor Obispo, no para declararle las intenciones que traían sino para disimular mejor su depravación. El prelado, sin disponer nada por si solo, ni corresponderles, sino lo que meramente exige la urbanidad, les convidó a una junta que se había de tener aquella tarde compuesta de un número competente de individuos de gravedad e instrucción. Celebróse, en efecto, como se había dispuesto y aunque se reconoció en ella grande osadía en los oficiales y demasiada petulancia en un escribano que los acompañaba, no fue difícil reducirlos a orden y mudando de tono protestaron que venían a defender la Ciudad. Que no sería difícil sino muy probable que llegasen otros prontamente para escarmentar a los franceses en caso de intentar segunda vez la entrada en esta serranía, y que sino ellos solos con la gente del país, que se había armado, harían lo posible por defendernos. Como fácilmente se cree lo que se desea se les dio crédito; y luego se estableció una junta permanente de gobierno, y otra de hacienda para atender al armamento y arreglo de la provincia en todos los ramos. Se les subministraron caudales en abundancia, como que en ocho días que permanecieron en la Ciudad percibieron noventa mil reales, quarenta mil de ellos dados por el Prelado. Mandóse avivar el armamento de la Provincia y el día 26 se proclamó solemnemente al Sr. D. Fernando VII, a quien ya se tenía reconocido.

     Conviene decir también que el día 23 se envió a Valencia al canónigo de esta Catedral D. Pedro Loy a manifestar nuestra adhesión a la causa común, con aquel Reyno y los demás. Y aunque por no irritar los verdaderos españoles quisiéramos omitir la relación del indecente y criminal porte de algunos de nuestros compatriotas, la necesidad obliga a declarar que el mencionado canónigo, no obstante su pasaporte, honrosa y útil comisión, fue detenido algunos días en Moya, despojado de su caballo, como reo y prisionero, en cuya calidad fue trasladado con nuestro Intendente y Corregidor a Valencia a la cárcel pública de la torre de Serranos, de donde no salió sino por expreso mandamiento de aquella suprema junta, a cuya justificación debemos igualmente haberse restituido en estos días sus dos ilustres compañeros al ejercicio de sus empleos, después de bien acrisolada su inocencia.

     El día 28 por la mañana entraron quatrocientos aragoneses del cordón de Teruel con su comandante Don Ambrosio Villalba, quien preguntado con qué ánimo venían, respondió que a defender la Ciudad y como dentro de poco manifestó quería volverse a la frontera de Aragón por no se qué disgusto que había tenido, se le rogó con muchas instancias por algunos individuos de la Junta a permanecer con los valencianos, y accedió a ello sin moverse de aquí, aunque en el día 29, en que se tuvo noticia de la venida de quatro mil franceses, recibió orden de sus jefes de volver a Aragón. Es notable la respuesta de este comandante a la orden de sus jefes D. Manuel Sánchez y D. José Igual, que dice así: “En cumplimiento del oficio que se me ha comunicado de parte de nuestra junta de Teruel iba ya a incorporarme a esa división, quando se ha tenido en aviso en esta Ciudad, que quatro mil franceses llegaban a Tarancón, de donde brevemente podrán venir a atacar este Pueblo. En vista de esta noticia se ha opuesto a mi determinación esta junta, la que me cubrirá a qualesquiera cargo. Yo también conozco que no debemos permitir a tan corto número de franceses hacer la burla de una Ciudad, que por su lealtad y patriotismo (a pesar de las equivocaciones que se han padecido) merece ser defendida por nuestras fuerzas”.

     Amás de la carta que llevó a Valencia el canónigo Loy, se remitieron otras harto vehementes y expresivas a la misma Ciudad y la de Zaragoza con la solicitud de socorros de alguna tropa veterana, armas y municiones. Con este mismo fin se hicieron varias otras diligencias, que por desgracia han sido infructuosas. Sobre todo, en esta Ciudad y sus inmediaciones no se perdonó fatiga para ponerla en estado de defensa, aprestándose quatro cañones y porción de pólvora y balas que aunque no grande, por haber arrojado al río la cantidad que había en estos almacenes la tropa de Moncey, era la suficiente para haber obligado a retroceder al enemigo. Se trabajó con el auxilio de nuestros diestros picapedreros y otros hábiles artesanos, en hacer insuperable con poca gente de defensa el punto por sí solo difícil y escabroso de la cuesta de Val de Uclés, de modo que confesaron en la Junta los mismos Jefes que era allí segura la victoria, sin emplear más que una parte de la tropa que traían. Con estas seguridades no miraba Cuenca con gran temor la división del general Caulincourt que se iba acercando, y multitud increíble de paisanos de la Provincia que se habían alistado se apresuraba con gusto e intrepidez a defender su capital.

     Todo esto pasó hasta el día 1 de julio en el qual situados los franceses a menos distancia de esta Ciudad o infundieron un terror pánico a los jefes y tropas de valencianos y aragoneses, o les trastornaron con sus ardides. Lo cierto es que, llamados a la Junta por la mañana del dicho día ambos comandantes con el capitán D. Vicente Valdés, no hicieron más que inspirar la desconfianza y el desaliento. Se conoció claramente que intentaban huir y solo por evitar la vergüenza que les debió ocasionar el valor con que se expresó Valdés y la energía de las reconvenciones que les hizo la Junta, en particular el Sr. Obispo su Presidente, se convinieron en apostar aquel mismo día 500 hombres armados en Val de Uclés. Se prometió premio a los que se distinguiesen en la defensa y señaladamente una onza de oro al que diese fuego a los barrenos que se habían hecho en el peñasco; se les dieron víveres y quanto pidieron y hubo que darles, después de treinta y seis mil rs. que ya habían tomado los aragoneses. Pasóse el día primero y solo el Capitán Valdés cumplió su palabra y desempeñó su obligación. Llegó la noche, y viendo que ni unos ni otros iban al apostadero, uno de los vocales de la Junta se avistó con el comandante aragonés en su propio alojamiento y delante del canónigo Cabrejano y otros testigos le redarguyó extrañando tanta inacción, respondióle que esperaba más cartuchos, que su tropa estaba pronta en la plaza, y que no dudase que habían de combatir con el enemigo: se les dio toda la porción de cartuchos que quedaba prevenida; y entre el temor que se había esparcido y la desconfianza, durmió bien poco aquella noche la Junta y la demás gente de la Ciudad.

      El mundo racional y sensato se hará cargo de que la nación española por ingénito que tenga el honor, y por más propio que le sea el esfuerzo y ardimiento, no está compuesta toda, no decimos de Ángeles, sino ni aún de hombres heroicos, ni tampoco de bien morigerados; por lo mismo, no se deben estrañar los borrones de la perfidia y cobardía en el entendido y hermoso lienzo de sus virtudes y hazañas. No fueron todos los oficiales ciertamente, ni serían tampoco todos los soldados cobardes, mentirosos y traydores; pero es seguro que los enredos, supercherías, vilezas, falsos testimonios y fingidas alarmas, conque aquella noche y el día siguiente procuraron efectuar el negro plan de sus tramas muchos de los oficiales y entre ellos los más principales de uno y otro cuerpo, solo son dignas de compararse con las maquinaciones y ardides infernales de los franceses. Todo su anhelo y esfuerzo fue intimidar al Prelado, y los demás principales de la Ciudad, para que huyesen, y quedarse ellos solos, para executar a su salvo lo que realmente hicieron. Viendo la Ciudad sin defensa, desamparados los puntos más principales y las tropas tomar rumbo opuesto al que debían, tuvieron que huir el reverendo Obispo y demás individuos de la junta con una gran parte de la Ciudad por no comprometer su honor y religión, reconociendo por Rey al intruso Napoleón, y por salvar sus propias vidas; y esta fue la ocasión que aguardaban nuestros campeones para verificar sus depravados intentos. Volvieron a la Ciudad desde la falsa retirada que habían hecho por el camino opuesto al que traían los franceses, y empezaron desde luego a competir con ellos en la ferocidad y el latrocinio. Saquearon desapiadadamente varias casas, robaron los caudales públicos del fondo de amortización, real tesorería y correo, y después de haberse repartido con indecible descaro la presa, huyeron aterrando los pueblos y tomando con violencia y a su antojo lo que quisieron en ellos, haciendo continuas descargas por el camino, empleando en esto la pólvora que se reservaba contra el enemigo. Testigos son de esta verdad los lugares por donde pasaron, y testigos son de las desdichas en que nos dexaron inundados, las muertes de nuestros conciudadanos, profanaciones de los templos, violaciones de nuestras vírgenes y honestas mugeres, saqueo y destrucción de nuestras casas, robos y talas de nuestros campos, la hambre, el llanto y desamparo de nuestras familias emigradas a los montes, expuestas a la inclemencia, guarecidas en las grutas, sosteniendo el peso de la mayor tribulación que es capaz de causar la impía y degradada tropa del exército francés.

      Apenas volvió el vecindario a la Ciudad, quando se presentó en ella inopinadamente el general San Marq con una división de tropas nacionales destinadas a la defensa de Aragón. No se crea por esto que en nuestra crítica situación hemos sentido la sobre carga de haber de mantener más de ocho mil hombres. Lo que nos ha molestado ha sido únicamente no poderles hospedar con regalo y darles los auxilios que merecen los defensores de la patria y fieles vasallos de nuestro suspirado Rey, cuyas fatigas sabemos apreciar. Sin embargo, se les ha asistido con todos los víveres necesarios y amás de 159 mil rs. de los quales dio sesenta mil el cabildo Catedral, y treinta mil el Señor Obispo. Después ha llegado otra división en busca de la primera a quienes se les ha asistido igualmente con víveres y diez y ocho mil rs. en dinero, corta cantidad para nuestros deseos; pero se ha tenido la atención de no exigir nada hasta ahora de ninguna de las clases del pueblo, así de la capital como de la provincia, ya por su estado miserable, ya también porque sumas crecidísimas se han llevado a Valencia del partido de Moya, Requena y otros pueblos, y otras se han subministrado al exército del conde de Cervellón que ha permanecido en nuestra Mancha algún tiempo.


En la Hoz del Júcar sobresalía la potente presencia del convento
de Franciscanos Descalzos

     Tales son los sacrificios conque ha señalado Cuenca los timbres que la caracterizan de noble y leal. Presentamos esta sencilla narración de nuestro porte y conducta en la crisis actual a la faz de la nación entera, para que nos juzgue con su acostumbrada equidad; protestando delante del Supremo Juez Dios de las venganzas, que nada decimos que no sea conforme a su santa verdad, y esté apoyado en documentos irrefragables. No hemos hecho valentías como otros españoles más afortunado, pero no más animosos que nosotros: la suerte y las circunstancias hacen manifestar el valor, pero no son las que lo dan. Hemos sido engañados y vendidos por los mismos de nuestra nación, pero esto declara más nuestra buena fe y la sencillez de nuestra fidelidad. Hemos sufrido injurias, violencias, robos, aflicciones y muertes, y aun padecemos las correrías de bastardos aragoneses y los atentados hostiles de los de Moya, y solo hemos puesto remedios lenitivos a males muy graves, temiendo hasta las chispas, no sea que enciendan una guerra civil. Después de saqueados hemos partido con nuestros hermanos el alimento, barrido nuestros graneros y apurado nuestros fondos en beneficio común, y estamos armando tropa para defender la causa de la nación. Parece que no hemos desmerecido con la patria, y que tenemos derecho para reclamar en nombre de una de las provincias más numerosas de la monarquía y más contribuyentes al poder soberano la parte que nos es debida en la representación nacional y exercicio de la soberanía, mientras carezcamos de la deseada presencia de nuestro Rey. En efecto, la ilustrada e invicta Valencia nos hace y ha hecho justicia, mas si con todo esto los demás verdaderos patriotas y generosos españoles nos juzgan por indignos de nivelarnos con los más leales, y por poco a propósito para alternar con ellos en los congresos y sesiones donde se trate de la común felicidad; si han de ser sin nosotros más acertadas y seguras sus deliberaciones, si por fin conviene para la dicha de la nación entera y la preciosa libertad de nuestro suspirado Monarca, que Cuenca pierda su lugar entre las provincias de España, reciba la patria el homenaje de nuestra existencia, para existir con honor, y reciba al mismo tiempo el tributo de nuestra gratitud, si nos eleva a grado tan superior de heroismo, a donde estamos prontos a subir y deseamos con ansia suban todos. ¡O patria amada! ¡O guerreros inmortales! ¡O capitanes invencibles! ¡O junta supremas! Que a fuerza de la virtud que os distingue, habéis fijado en el año 8 del siglo 19 la más famosa época del valor y lealtad de la España, fijad también la del mayor triunfo de vuestra sagrada religión. Llegad a la esfera sublime de gloria a que os excita y a donde os manda imperiosamente volar de orden del mismo Dios. Ahora más que nunca se ha abrazado estrechamente la patria con la religión, de modo que aquella no os decreta las coronas debidas a sus libertadores, si esta no os concede las palmas de sus mártires. Habéis derramado la sangre de crueles y atroces enemigos: en el altar de la fidelidad y del honor se han inmolado innumerables víctimas de vuestra justa venganza, y el trono de Fernando derribado a los golpes de la trayción y de la violencia se levanta majestuoso a brillar sobre los demás por la nobleza de vuestro amor y la actividad de vuestra constancia: Derribados están ya en tierra los robustos que sostenían el de su émulo que cayó sobre ellos. Más hay todavía enemigos más temibles que superar y más dignos sacrificios que hacer. Es necesario vencer las pasiones propias, sojuzgar el propio amor, y abrasar en presencia del Eterno el prurito de parecer más, para serlo verdaderamente. El trono de Fernando se ha tornado a levantar venciendo a sus enemigos, y no se puede sostener sino venciéndose a si mismos sus amigos. Tal es el holocausto que exige la más pura de las religiones del más magnánimo de los pueblos en obsequio del más amado de los Reyes.

     Provincias de España, por más que nos hayamos querido unir y en virtud de esta unión se haya conseguido detener la corriente impetuosa de los males que nos amenazaban con una entera desolación, no podemos negar que la anarquía y el egoísmo nos han causado graves daños y es infalible que durando, los han de producir mucho mayores. A menos costa hubiera ya desaparecido como el humo de la haz de nuestra privilegiada tierra la portentosa multitud de nuestros opresores, si una sola autoridad hubiera combinado todas las operaciones y dirigido el interés nacional y el poderoso influxo de nuestra sagrada Religión. No demos sin querer más armas a nuestro enemigo común. Demostrado está que la España para subsistir independiente y soberana en el estado actual de la Europa, debe ser un solo cuerpo y este con mucha robustez y vigor, y ni uno, ni otro se puede verificar sin cabeza. Absurdo y quimérico sería el proyecto de una confederación de repúblicas a imitación de la antigua Grecia o de la moderna Helvecia, pero todavía es más disonante pensar que podemos mantener por mucho tiempo nuestra independencia y libertad en el estado en que nos hallamos. Todos los ramos del árbol frondoso y ameno de nuestra sociedad, harto inculto y descuidado hasta aquí, se resienten y esterilizan mas con nuestra anarquía: el erario carece de administración, y en todas partes roba la avaricia con el pretexto de la causa común; el exercicio de la justicia es arbitrario y sin sistema fijo de legislación, los límites mismos de los tribunales y aun de las provincias se han confundido y alterado, y socolor de exterminar la trayción se juzga en Teruel lo que se debe juzgar en Cuenca. En fin la Religión, que tanto nos ampara y proteger, llora inconsolable como cunde tanto la licencia de pecar, funesto origen de la decadencia y ruyna de los imperios. Estremeceos al leer en el celestial código de la sabiduría divina que ella os presenta: Todo reyno dividido entre sí será desolado, y una casa caerá sobre otra hasta no quedar ninguna, corred al remedio despreciando peligros y respetos humanos. Salus populi suprema lex esto. Cuenca y Agosto 16, de 1808. Ramón, Obispo de Cuenca. Ramón Gundín Figueroa. Baltasar Fernández. Juan Antonio Rodrigálvarez. Ignacio Rodríguez de Fonseca. Bernabé Grande. Pasqual de Lope.

      De acuerdo de la Junta, Francisco Escobar, secretario; Tomás Manuel de Vela, secretario.

 

 

 

 



[1] Se refiere a Godoy.

[2] Recordemos que Requena formaba entonces parte de la provincia de Cuenca.