Las torres de la Catedral y de Mangana sobrevolaban por encima del casco antiguo de Cuenca. |
El inicio de la Guerra de la Independencia, el 2 de mayo de 1808, provocó una amplia reacción institucional y popular en numerosas ciudades de España, lo que se reflejó en la publicación de múltiples manifiestos que, si coincidentes en el fondo, ofrecen un amplio muestrario estilístico y de matices. La ciudad de Cuenca no formó parte de ese grupo de avanzadilla reivindicativa del honor nacional, sino que sus dirigentes se lo pensaron con calma, movidos por la prudencia ante el temor de que se produjeran represalias por parte del invasor francés. Por fin, el 16 de agosto, se atrevieron a dar forma al Manifiesto en el que, además de los lugares comunes repetidos en casi todos los demás, dedicaron un amplio espacio precisamente a justificar su retraimiento en dar a luz el texto acordado y que aquí se reproduce.
MANIFIESTO
A
POR
Con licencia. En Cuenca, por
En un tiempo en que
Contraigamos estos principios a las
circunstancias del tiempo en que estamos, teniendo presentes los sucesos de
nuestra nación desde el día 19 de marzo de este año, quando derribado el
formidable tirano de este imperio[1],
renunció Carlos IV su corona en su hijo el Príncipe D. Fernando. En todas
partes fue igual el gozo de los españoles, y proporcionado al odio que
profesaban al inhumano perseguidor de un príncipe inocente, virtuoso y amado de
sus pueblos. Quando se ausentó este dulce joven de nuestras regiones para un
país extrangero, a donde le conduxo la pérfida hipocrecía de un malvado; y
sobre todo quando se descubrió la trayción cuya fealdad y horror no se creía
compatible con la nobleza del trono, y brillo de la diadema, ya fuese del mas
mentiroso de los griegos, o del más inculto de los escitas y bárbaros, quanto
menos del que se apedillaba justo y grande entre los Soberanos de la ilustrada
Europa, el sentimiento general llegó a su colmo, y la indignación se vio
dibujada al natural en todos los rostros.
En ninguna ciudad de España había menos
relaciones que en Cuenca con el abominable Godoy, y con los infames agentes de
sus maldades. Si alguno de ellos debió algo a esta ciudad, en ninguna parte fue
más odiado y maldecido que entre nosotros. Es decir, que para juzgar y ver en
su verdadero punto las cosas ocurrentes, ninguno podía tener ni el espíritu más
limpio, ni la vista más perspicaz que nosotros. Así fue, que no encontrando en
nuestros corazones el horror de los acontecimientos pasión que lo disfrazase,
produxo en ellos la impresión, que aunque insufrible, es todavía más fácil de
sentirse que de explicarse. Todo el mundo clamó al arma, y declaró la guerra,
pero fue preciso contentarse con manifestar los deseos, esperando con
impaciencia de quien lo debía dar, el impulso para ponerlos en execución. Esta
es la desgracia que tienen las provincias, a quienes la naturaleza ha dado la
situación que a la de Cuenca, que en las empresas militares del género de las
nuestras en el tiempo presente, por más eficaces que sean sus anhelos de
igualarse, o anteponerse a otras, jamás podrán ocupar la vanguardia y
capitanear a las demás. Qualquiera provincia que sea, hallándose sin puertos
para recibir refuerzos de un aliado, sin almacenes, ni fábricas de municiones,
sin fortalezas, ni tropa alguna veterana, debe aguardar para una lid general
tal como la nuestra, la decisión de aquellas a quienes la naturaleza y su
constitución han adornado de las indicadas ventajas. Obrar de otro modo
anticipándose temerariamente, es añadir laureles al enemigo con poco o ningún
coste suyo, quitar recursos a las que deben ir primero, comprometer su honor, y
exponer, o frustrar enteramente los planes más bien concertados, y las
combinaciones más atinadas.
Todos conocen la situación geográfica de
Cuenca, pero no todos se hacen cargo en este tiempo de su estado político. Ni
hemos tenido armas ni soldados, pues carecemos aún de nuestras milicias.
Cercanos a Madrid y confinantes con su provincia, somos siempre los primeros en
recibir las ideas que esparce aquella capital, según los movimientos de sus
tribunales, o la clase de sus propias convulsiones. Se nos aseguró que el
Consejo de Castilla se había constituido por punto de reunión, para obrar de
acuerdo con las provincias, y levantar exercitos con que libertar el Reyno de
su opresión. Como el secreto es el alma de semejantes proyectos, se tuvo por un
disimulo político el porte del Real Consejo en los días inmediatos a la partida
del Señor Infante D. Antonio. Mas quando se resolvió a proclamar por regente a
Murat, y se publicaron de su orden las fatales renuncias de la familia española
de Borbón, se descorrió el velo de lo que pasaba en Madrid. Aseguróse en todos
la persuación de que de
Se celebraron juntas para deliberar con
acierto, entre las quales fue muy numerosa y concurrida la del 4 de junio, en
que compitieron a porfía el ardor nacional, el odio a los franceses y amor al
Rey para declarar la guerra, con el juicio, la madurez y previsión que
obligaron a suspenderla. Y en verdad, ¿qué hubiera logrado Cuenca con
declararse? Llamar al enemigo a talar sus campos, saquear sus pueblos y
disminuir sus habitantes, aumentar blasones a Napoleón, colmar su orgullo y
darle más fuerzas contra nuestros hermanos, que no habían podido todavía
organizar su exercito, para cubrir sus fronteras. Son muy de bulto las razones
que determinaron la resolución de esta ciudad, para que dejen problemático su
crédito y fidelidad entre las gentes equitativas e instruidas; y hacen muy poco
favor a su talento y moral los que se desentienden de ellas, para conseguir el
lauro, que jamás les acordará una nación generosa e ilustrada. ¿Y qué han hecho
los pueblos del centro de España que confiados en la multitud de una plebe
inexperta y tumultuaria, no se han sugetado al orden y manera de guerrear
consiguientes al estudio y exercicio de la táctica propia de militares
aplicados y valientes? Acaso han mostrado más de lo que quisiéramos aquella
verdad estampada por Tito Livio: que la
plebe es más feroz para amotinarse, que para pelear con concierto y fruto. ¡Ojalá
hubieran seguido esta saludable máxima los que nos insultan en los papeles
públicos, tratándonos de indiferentes y sin acción, y los que nos acusan de
traydores! pues ni los unos sufrirían la deshonra de haber desmentido sus
empeños, ni los otros ocasionarían la sospecha de que no el amor a la justicia
y a la buena causa, sino el deseo de una libertad sin freno es el móvil de sus
operaciones.
Figura de San Cristóbal, en uno de los remates de la custodia de Becerril, cuyos restos se encuentran hoy en el Victoria and Albert Museum de Londres. |
Quando esperábamos la ocasión oportuna de
armarnos y proceder acordes con los exércitos de Aragón Valencia, se intimó a
esta Ciudad de orden de la junta de Madrid (que se decía suprema) la venida de
diez mil hombres de tropas francesas a las órdenes del mariscal Moncey,
llenándonos de aflicción, no tanto por los peligros que amenazaban a este
vecindario, quanto por los perjuicios que juzgábamos inevitables en Requena [2], Moya
y otros pueblos, que se habían declarado abiertamente contra ellos, y se
hallaban descubiertos, y sin fuerzas que oponer a su furor. Verificóse en el
día 11 de junio la llegada del exército de Moncey a esta Ciudad, donde
permaneció hasta el 17 de por la tarde, en que tomó el camino de Valencia,
dejándose algunos enfermos con guardia que los custodiase. Apenas habría andado
tres jornadas, se presentó aquí una quadrilla de hombres armados con un capitán
llamado D. Antonio Malabia, pretendiendo llevarse consigo a Moya u a Valencia
los enfermos franceses ya dichos, añadiendo que quedaban cerca
Conviene decir también que el día 23 se
envió a Valencia al canónigo de esta Catedral D. Pedro Loy a manifestar nuestra
adhesión a la causa común, con aquel Reyno y los demás. Y aunque por no irritar
los verdaderos españoles quisiéramos omitir la relación del indecente y
criminal porte de algunos de nuestros compatriotas, la necesidad obliga a
declarar que el mencionado canónigo, no obstante su pasaporte, honrosa y útil
comisión, fue detenido algunos días en Moya, despojado de su caballo, como reo
y prisionero, en cuya calidad fue trasladado con nuestro Intendente y
Corregidor a Valencia a la cárcel pública de la torre de Serranos, de donde no
salió sino por expreso mandamiento de aquella suprema junta, a cuya
justificación debemos igualmente haberse restituido en estos días sus dos
ilustres compañeros al ejercicio de sus empleos, después de bien acrisolada su
inocencia.
El día 28 por la mañana entraron
quatrocientos aragoneses del cordón de Teruel con su comandante Don Ambrosio
Villalba, quien preguntado con qué ánimo venían, respondió que a defender
Amás de la carta que llevó a Valencia el
canónigo Loy, se remitieron otras harto vehementes y expresivas a la misma
Ciudad y la de Zaragoza con la solicitud de socorros de alguna tropa veterana,
armas y municiones. Con este mismo fin se hicieron varias otras diligencias,
que por desgracia han sido infructuosas. Sobre todo, en esta Ciudad y sus
inmediaciones no se perdonó fatiga para ponerla en estado de defensa,
aprestándose quatro cañones y porción de pólvora y balas que aunque no grande,
por haber arrojado al río la cantidad que había en estos almacenes la tropa de
Moncey, era la suficiente para haber obligado a retroceder al enemigo. Se
trabajó con el auxilio de nuestros diestros picapedreros y otros hábiles
artesanos, en hacer insuperable con poca gente de defensa el punto por sí solo
difícil y escabroso de la cuesta de Val de Uclés, de modo que confesaron en
Todo esto pasó hasta el día 1 de julio en
el qual situados los franceses a menos distancia de esta Ciudad o infundieron
un terror pánico a los jefes y tropas de valencianos y aragoneses, o les
trastornaron con sus ardides. Lo cierto es que, llamados a
El mundo racional y sensato se hará cargo
de que la nación española por ingénito que tenga el honor, y por más propio que
le sea el esfuerzo y ardimiento, no está compuesta toda, no decimos de Ángeles,
sino ni aún de hombres heroicos, ni tampoco de bien morigerados; por lo mismo,
no se deben estrañar los borrones de la perfidia y cobardía en el entendido y
hermoso lienzo de sus virtudes y hazañas. No fueron todos los oficiales
ciertamente, ni serían tampoco todos los soldados cobardes, mentirosos y
traydores; pero es seguro que los enredos, supercherías, vilezas, falsos
testimonios y fingidas alarmas, conque aquella noche y el día siguiente procuraron
efectuar el negro plan de sus tramas muchos de los oficiales y entre ellos los
más principales de uno y otro cuerpo, solo son dignas de compararse con las
maquinaciones y ardides infernales de los franceses. Todo su anhelo y esfuerzo
fue intimidar al Prelado, y los demás principales de
Apenas volvió el vecindario a
En la Hoz del Júcar sobresalía la potente presencia del convento de Franciscanos Descalzos |
Tales son los sacrificios conque ha
señalado Cuenca los timbres que la caracterizan de noble y leal. Presentamos
esta sencilla narración de nuestro porte y conducta en la crisis actual a la
faz de la nación entera, para que nos juzgue con su acostumbrada equidad;
protestando delante del Supremo Juez Dios de las venganzas, que nada decimos
que no sea conforme a su santa verdad, y esté apoyado en documentos
irrefragables. No hemos hecho valentías como otros españoles más afortunado,
pero no más animosos que nosotros: la suerte y las circunstancias hacen
manifestar el valor, pero no son las que lo dan. Hemos sido engañados y
vendidos por los mismos de nuestra nación, pero esto declara más nuestra buena
fe y la sencillez de nuestra fidelidad. Hemos sufrido injurias, violencias,
robos, aflicciones y muertes, y aun padecemos las correrías de bastardos aragoneses
y los atentados hostiles de los de Moya, y solo hemos puesto remedios lenitivos
a males muy graves, temiendo hasta las chispas, no sea que enciendan una guerra
civil. Después de saqueados hemos partido con nuestros hermanos el alimento,
barrido nuestros graneros y apurado nuestros fondos en beneficio común, y
estamos armando tropa para defender la causa de la nación. Parece que no hemos
desmerecido con la patria, y que tenemos derecho para reclamar en nombre de una
de las provincias más numerosas de la monarquía y más contribuyentes al poder
soberano la parte que nos es debida en la representación nacional y exercicio
de la soberanía, mientras carezcamos de la deseada presencia de nuestro Rey. En
efecto, la ilustrada e invicta Valencia nos hace y ha hecho justicia, mas si
con todo esto los demás verdaderos patriotas y generosos españoles nos juzgan
por indignos de nivelarnos con los más leales, y por poco a propósito para
alternar con ellos en los congresos y sesiones donde se trate de la común felicidad;
si han de ser sin nosotros más acertadas y seguras sus deliberaciones, si por
fin conviene para la dicha de la nación entera y la preciosa libertad de
nuestro suspirado Monarca, que Cuenca pierda su lugar entre las provincias de
España, reciba la patria el homenaje de nuestra existencia, para existir con
honor, y reciba al mismo tiempo el tributo de nuestra gratitud, si nos eleva a
grado tan superior de heroismo, a donde estamos prontos a subir y deseamos con
ansia suban todos. ¡O patria amada! ¡O guerreros inmortales! ¡O capitanes
invencibles! ¡O junta supremas! Que a fuerza de la virtud que os distingue,
habéis fijado en el año 8 del siglo 19 la más famosa época del valor y lealtad
de
Provincias de España, por más que nos
hayamos querido unir y en virtud de esta unión se haya conseguido detener la
corriente impetuosa de los males que nos amenazaban con una entera desolación,
no podemos negar que la anarquía y el egoísmo nos han causado graves daños y es
infalible que durando, los han de producir mucho mayores. A menos costa hubiera
ya desaparecido como el humo de la haz de nuestra privilegiada tierra la
portentosa multitud de nuestros opresores, si una sola autoridad hubiera
combinado todas las operaciones y dirigido el interés nacional y el poderoso
influxo de nuestra sagrada Religión. No demos sin querer más armas a nuestro
enemigo común. Demostrado está que
De acuerdo de