La hoz de Solán de Cabras, en lo más intrincado de la Serranía de Cuenca, dentro del territorio municipal de Beteta, es uno de los paisajes más sorprendentes que pueden encontrarse, con justicia comparado en alguna ocasión con las montañas de Suiza aunque, desde luego, mucho menos conocido, a pesar de que las aguas que aquí nacen y se embotellan gozan ya de una popularidad y un prestigio ciertamente encomiables. Hay aquí una belleza abrumadora que encuentra en la altivez de las rocas la protección necesaria para la alfombra permanentemente verde del frondoso pinar que crece a sus pies, combinándose con una generosa dotación de arbustos y matorrales que entre la calma y la quietud se cimbrean levemente a compás del suave aire que allí se respira. La eficaz combinación de río, rocas y vegetación, la trilogía vital de la Serranía de Cuenca, encuentra en este profundo y escondido valle uno de los mejores ejemplos visuales.
El
acceso al fondo del valle, donde se encuentran el manantial y el balneario, se
hace hoy por un camino relativamente cómodo, aunque intrincado por su estrechez
y por las deficiencias de un pavimento que nadie cuida y que, además, está
siendo maltratado por docenas de camiones que cada día lo transitan para
transportar el agua embotellada.
Arranca
ese camino en el histórico Puente de Vadillos, pocos metros antes de entrar en
la Hoz de Beteta, que queda al frente mientras a la derecha se abre esta otra
hoz, quizá menos espectacular que aquella pero igualmente atractiva y
sorprendente. Al final del recorrido se encuentra el edificio y la
embotelladora, en un rincón cercado por una potente cortina de rochas muy
elevadas cuyas cumbres forman una sucesión de escarpes para dar forma
geométrica de óvalo, en cuyo fondo, entre huertecillas, bojes y matorrales,
corren las aguas del río Cuervo.
Una carretera sinuosa amparada por una vegetación exuberante |
Las
vertientes de los cerros laterales, que llevan los nombres de Frontal y
Rebollar, están cubiertas hasta el último milímetro disponible por una
vegetación tan exuberante, casi salvaje, que más bien parece un paisaje
escapado de otro ambiente natural alejado de la civilización. Una abundancia de
pinos, robles, olmos, sauces, tilos y avellanos festonean las paredes rocosas,
cubriendo o protegiendo, no sabe bien cuál pueda ser el término adecuado, el
discurrir del pequeño riachuelo que corre presuroso sobre el piso de toba y se
despeña aquí y allí en pequeñas cascadas, de alegre sonido, por las que va
avanzando y descendiendo de nivel, a medida que recibe otros manantiales, que
en forma de churtales y hontanares, abundantes por estas breñas, acuden a
depositar sus aguas en el río principal. Un sotobosque igualmente generoso, en
el que se encuentran matas y arbustos como la jara, mejorana, espliego, tomillo
y romero, se esfuerzan generosamente en ilustrar de modo conveniente los márgenes
del río.
El valle de Solán de Cabras,
regado por el río Cuervo goza de una temperatura especialmente templada, que no
suele pasar de los 30 grados en verano ni bajar de -5 en invierno. En él se
encuentra una de las fuentes de agua minero-medicinal más famosa de España; al
amparo de ella existe un balneario de prestigio reconocido a lo largo de los
tres últimos siglos, en el fondo del valle y al amparo de un paisaje
impresionante, en el que la Serranía de Cuenca alcanza toda su grandeza y
hermosura. Mateo López, al hacer su crónica a principios del siglo XIX,
describía así el lugar: "Nacen a la orilla del río Cuervo, en un profundo
y estrecho valle rodeado de elevadísimos peñascos y montañas; salen sus aguas
templadas y el manantial es abundantísimo; se hallan muy distantes de
población, por cuyo motivo para remediar las incomodidades que sufrían los
bañistas, se ha construido en estos años pasados una grande y cómoda casa con
muchas habitaciones y capilla u oratorio; y los baños se han puesto con comodidad,
en cinco baños o depósitos, los tres cubiertos y dos sin techumbre"
[M.López II, 116]
Un manantial abundante (5.410 litros
por minuto), que nace al pie del cerro Rebollar, a unos 950 metros de altura, produce
un incesante fluido de agua, a la temperatura constante de 21 grados. El agua
fluye de manera natural, por su propia fuerza, abriéndose camino a través de
una capa de arcilla cenicienta y revestimientos calizos, tras bajar desde las
altas cumbres por el interior de la roca hasta llegar y aflorar en una especie
de plazoleta natural a la sombra de un manto vegetal muy frondoso.
El descubrimiento de las cualidades
curativas del manantial se remonta al siglo XVI cuando, según cuentan las
leyendas del lugar, hizo la casualidad que unos pastores observaran que las
cabras enfermas del rebaño, tras mojarse en estas aguas, sanaban, versión que
en otros casos se quiere remontar hasta la época romana, con la misma
explicación de casualidad e incluso se quiere atribuir a un famoso médico
musulmán de Toledo, Agmet ben Abdalá, que escribía haca 1051, una versión
relativa a una presunta inscripción romana en la que un tal Julio Graco
afirmaba que durante cinco años padeció fuertes dolores artríticos de los que
logró curarse con las aguas de Solán de Cabras nada menos que 182 años antes de
Cristo. Como es lógico, estas historias indemostrables dependen de la credibilidad
de que dispongan sus destinatarios.
Las
primeras noticias científicas sobre la calidad y bondad de estas aguas llegan
con certeza a partir de 1750, a través del doctor Rodrigo de Quiñones, cuyo
material documental, análisis y muestras sirvieron para que a continuación
González de Bedoya redactara el que había de ser primer gran repertorio de
aguas minerales de España, en dos tomos, y ahí figura ya en forma destacada el
manantial de Solán de Cabras, del que dice el autor que “apenas se hallará
fuente de que se cuenten tantos y tan justificados prodigios médicos,
comprobados con tan segura autenticidad, que es imposible negarle el asenso”.
Quizá sea conveniente incorporar aquí otros nombres, porque los ilustres hasta ahora citados tuvieron el apoyo, muy importante, de otros que en el propio lugar participaron activamente en los trabajos de investigación sobre la naturaleza y efectos de las aguas de Solán de Cabras. Ahí estuvieron José Garcerán, médico del cabildo catedralicio de Cuenca; Roque Medina, farmacéutico de Beteta y su yerno, Manuel Ladero, también boticario; Dionisio Martínez Fernández, que lo era de Priego; Francisco Forner, médico que colaboró con Bedoya en la exploración de los manantiales españoles y a quien le tocó realizar ese trabajo en la provincia de Cuenca; Diego Crespo, farmacéutico de Priego, y Joaquín Jaques, médico del cabildo de Cuenca.
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Edificio antiguo del balneario, cuya apariencia se conserva todavía hoy |
El
hecho cierto es que hasta ya muy avanzado el siglo XVIII fueron pocos los
usuarios humanos, entre otras razones porque su dificilísimo acceso lo hacía en
la práctica inaccesible para el común de los mortales pero, sin embargo, debían
ser muy conocidas, al menos en Cuenca, si atendemos a lo que sucedió por
entonces. Ocupaba un alto cargo en la administración de Hacienda de la
provincia el caballero Pedro López de Lerena, como encargado de la Contaduría
de Propios y Arbitrios, antecedente lejano de la actual delegación de Hacienda,
quien enfermó de manera repentina en 1775, sufriendo dolores atroces que los
médicos atribuyeron a algún desajuste de los órganos interiores del organismo,
sin que acertaran a proponerle un remedio eficaz, salvo el que le sugirió el
doctor José Garcerán, recomendándole el uso de las aguas del Solán de Cabras.
Accedió el enfermo, acudió a los Baños y después de nueve días de estar
sometido a un tratamiento a base de las aguas, se encontró completamente
curado.
Conviene
advertir, por si el lector no ha caído en la cuenta, que en esos momentos tomar
las aguas no significaba estar alojado en ningún sitio, pues no había tal. De
hecho, el relato fiel de este suceso explica que López de Lerena pasó aquellos
nueve días totalmente al raso, al abrigo de un enorme peñasco de los que
abundan en esos paraje, donde le acomodaron unos colchones, en situación
realmente incómoda para cualquier persona, más aún para alguien de salud delicada. No hace falta
señalar que el sitio estaba totalmente despoblado, en plena naturaleza, a lo que
se añadió una tormenta espantosa que debió añadir molestias considerables a las
que ya formaban parte de la situación.
La
experiencia, sin embargo, resultó provechosa. Recuperada la salud, el enfermo
quiso acudir a un enclave religioso en el que dar gracias a la divinidad por el
bien recibido y lo llevaron, a lomos de una mula, a la ermita de la Virgen de
las Angustias que se encuentra situada sobre el Puente de Vadillos, en término
de Cañizares. Desde allí, convocó al Ayuntamiento de Beteta, al que pertenece
el paraje de Solán de Cabras, exponiendo a los regidores la conveniencia de
construir un balneario y una hospedería para que los enfermos pudieran ser
atendidos en debidas condiciones, comprometiéndose a apoyar la iniciativa, de
tal manera que en 1777 la instalación ya estaba concluida, incluyendo el
recinto de los baños y una hospedería.
El
señor López de Lerena fue fiel a sus palabras. El destino y su buena gestión le
llevaron pronto a la corte para asumir el cargo de Secretario de Estado y de
Despacho de Hacienda en el gabinete dirigido por el rey Carlos III. Desde tan
alta responsabilidad, el nuevo ministro promovió el análisis del agua
“ordenando –dice Cadenas y Vicent- recoger muestras de agua de toda la Serranía
y en cantidad de dos arrobas contenidas en garrafas, las envió a la Real Botica
para su análisis, analítica cuya constancia, en parte, se conserva en dicha
dependencia de palacio y en el archivo del mismo, donde se custodian varios
legajos en diferentes secciones, referentes, particularmente, al Real Sitio y
Baños de Solán de Cabras”, pues en su dedicación a este asunto, el ministro
obtuvo que el agua fuera declarada de utilidad pública por Real Decreto de 10
de abril de 1790, lo que la convierte en una de las pioneras en este tipo de
reconocimientos oficiales y cumplió el propósito que había anunciado,
impulsando la construcción de los edificios que darían lugar al balneario y que
se explica así:
“Para reunir los cuatro
ramales en que sale y se esparce dividida la corriente de este manantial, se ha
construido un arca de piedra sillería, serrando bien las junturas con betún
hecho de cal viva y aceite para que no se disipe el principio volátil de que
constan estas aguas.
De este arca se reparte el agua a cinco baños y una fuente por medio de cañerías bien cerradas con aquel betún. Los cuatro baños están colocados en línea recta: los dos de en medio cubiertos y los dos de los costados sin techo. Los centrales se llaman de San Joaquín y de la Concepción. El del costado que mira al ocaso lleva el nombre de San Pedro, y los otros los de San Mateo y San Lorenzo”,
A partir de ese momento se fue extendiendo el uso de las aguas del Solán, mediante la técnica de la inmersión en baño. En
el mismo archivo palaciego se conservan numerosos relatos en torno a noticias
de asombrosas curaciones y de los reiterados análisis realizados por diversos
sistemas científicos y con diferente finalidad para encontrar todos los matices
vinculados a las virtudes del agua.
Tras la declaración de Real Sitio, que llevó a cabo Carlos IV, se acotó el terreno y se pusieron puertas de entrada. El lugar entró en la fama y el prestigio que conceden la utilización por la nobleza, con motivo del viaje que a él hicieron en 1826 los reyes Fernando VII y Maria Amalia de Sajonia, que acudieron aquí en busca de un heredero varón para el trono de España. En primer lugar viajó la reina con su corte, permaneciendo varias semanas en el Solán preparando su cuerpo con el tratamiento del manantial. El 6 de julio comenzó su propio viaje Fernando VII, que se incorporó al balneario a tiempo para poder disfrutar de los días fértiles de la reina. Hubo suerte moderada en el intento, porque, en efecto, la reina pudo al fin quedar embarazada, pero de niña (Isabel II), lo que habría de ocasionar, en el futuro, el consabido problema dinástico y varias guerras civiles.
Diferenciada del balneario existe ahora una moderna instalación hotelera |
Los primeros análisis químicos del agua, en el siglo XVIII, establecieron que son bicarbonatado cálcicas, de variedad ferruginosa, inodora, de suave sabor, un tanto graso y acídulo; desprende burbujillas gaseosas y tiene una temperatura invariable de 21 grados. Tanto bebida como en baños se emplea con éxito en las afecciones de la matriz, cálculos de riñón y vejiga, afecciones gastro-intestinales, reumáticas, histerismo, neurastenia, etc., habiendo demostrado su eficacia en las enfermedades del aparato sexual femenino, cistitis crónica, litiasis fosfórica, leucorreas, vaginismo, endocervitis, etc., que afectan en especial a la esterilidad femenina, por lo que con el tratamiento de las aguas desaparecen tales circunstancias. Naturalmente, estas primeras explicaciones son, en sí mismas, imperfectas e insuficientes, y han sido claramente mejoradas con el paso de los años.
La composición química del agua concede prioridad a los bicarbonatos (283 mg/l.), encontrándose también sulfatos (15,6), cloruros (9), calcio (60,1), magnesio (24,6), sodio (4,6) y sílice (9,1) correspondiendo el resto a residuos. Como toda agua minero-medicinal, la del Solán de Cabras es recomendable para multitud de trastornos fisiológicos, especialmente los relacionados con el aparato digestivo, habiendo alcanzado una eficacia total en el tratamiento de afecciones renales. También se han encontrado aplicaciones benéficas sobre las glándulas endocrinas. Si a todo ello se añade el hecho de que se trata de un líquido de finísimo sabor, se comprende el que, pese a su limitada producción, se haya convertido en un complemento de auténtico gourmet en la mesa. Científicamente, se define como un agua bicarbonatada y oligometálica. Según han destacado los técnicos que en repetidas ocasiones examinaron las características de este agua, su singularidad proviene, en relación con otros manantiales, del mayor tiempo de residencia del agua en el interior de la tierra y de la ausencia de tritio y de actividad bacteriana. La antigüedad del agua (unos 500 años, según carbono 14) no tiene similitud en los demás manantiales conocidos, salvo en los de carácter fósil. En 1993, la planta embotelladora y el balneario daba trabajo a 100 personas, si bien el censo de 1991 registra solo 4 habitantes de derecho y 2 de hecho.
El manantial y los baños
Ya no existen los baños antiguos, en vigor durante el siglo XIX, sustituidos ahora por una nueva instalación. El edificio de la hospedería fue diseñado por el arquitecto Antonio López Aguado (1764-1831), responsable además de habilitar las dependencias que habrían de ser utilizadas por los reyes en su famoso viaje de 1826.
Uno de los salones que forman parte de la instalación hotelera |
El balneario se compone de dos edificaciones diferencias, la antigua y la moderna. La primera es un edificio de planta rectangular, con dos pisos (bajo y primero), en cuyo interior existe un patio central, cuadrado, al que se accede por arcos de medio punto. La construcción es voluminosa, propia del siglo XIX, con una gran y atractiva fenestración, que en la planta superior es de balcones. Tenía 104 habitaciones, con capacidad para unos 200 huéspedes, con una estructura propia de un monasterio benedictino, incluido un oratorio dedicado a San Joaquín, con una alegre campana que sonaba en el momento adecuado para llamar a los clientes cuando llegaba la hora de las comidas.
En las inmediaciones del edificio se encuentra un hermoso espacio ajardinado, en cuyo trazado domina el estilo francés, con largos paseos cubiertos con arcos de hierro para sujetar el emparrado y que se apoyan en pilastras de piedra labrada, fuentecillas y árboles frutales. A mediados del siglo XX, “un toldo de parras y de rosales, que sostienen recios pilares de sillería, conduce a la fuente medicinal, que se desangra en una plazoleta natural, a la sombra de un álamo gigantesco, copudo, por las tres heridas de sus caños”, según lo describía entonces José Sanz y Díaz, ofreciendo un relato que nos ayuda a imaginarlo y que ya no se corresponde con el actual. En el recinto del balneario se han realizado modernamente obras de rehabilitación y mejora.
Un aroma romántico impregna los hermosos jardines |
Carlos de la Rica, siempre imaginativo, recreaba como por estos salones y pasillos “circulan los obsesionados enfermos con posibles soluciones, los reticentes, los repetidores satisfechos. Cuántos de cuclillas se meten en los baños entre temerosos y crédulos”, pero sobre todo, piensa en “los áureos días, los de Amalia de Sajonia, con su mirada de postal y de cromo tañido, la boca más bien chica, el talle alto y el abanico como dándotelo, en uno de los brazos largos el guante, sus 16 años y las plumas de cola de avestruz en la cabeza. Alabarderos voceando el regio paso, las nostalgia del rey en la corte y las damas y sirvientas con el talle casi en el torso, guiñando picarescas los ojos a los mozos, sorprendidas al toque del ángelus, el rosario en la consola”.
La planta embotelladora
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Las primitivas botellas del Solán |
La empresa ha sido totalmente
pionera e innovadora en este sector, al transformar, en un tiempo relativamente
breve, lo que era una actividad artesanal y doméstica en una potente industria
con una amplia y eficaz red de distribución. El cambio comienza cuando Baldomero Sanz y
Sanz (1887-1975) adquiere el balneario en los años 20 del siglo XX y funda la
empresa, junto con sus hijos con sus hijos, María de los Ángeles Sanz, casada
con Antonio del Pozo Herráiz,9 Asunción Sanz
Pérez y su marido Ramón Salmerón, y su hijo Enrique Sanz Pérez y su mujer
Mercedes Gallego, iniciando el desarrollo de la venta de agua embotellada en
España, en lo que fue realmente una aventura considerable, teniendo en cuenta
que eran los años inmediatos a la guerra civil.
El agua, que desde comienzos del siglo se estaba vendiendo en farmacias, da el paso de acceder a los mercados de alimentación en 1960, cuando empiezan a aparecer las botellas de un litro, llamadas entonces borines, en lo que fue una auténtica innovación comercial.
En este proceso corresponde un papel fundamental a Antonio del Pozo, gerente de la empresa y promotor de una serie de iniciativas comerciales atrevidas para la época, que servirán para forjar la leyenda del Solán de Cabras. En ese territorio hay que considerar una audaz campaña de publicidad en todos los medios, el desarrollo de espectacular diseños para las botellas domésticas y una habilísima capacidad para introducirlas en los lugares más elitistas, desde la mesa del Consejo de Ministros hasta competiciones deportivas del máximo nivel, de manera que las singular botellas con el agua de Solán de Cabras adquieren una popularidad que las imágenes de TV ayudan a difundir.
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La famosa botella azul, objetivo de coleccionista e imitación para las demás envasadoras, |
En 1979, según datos ofrecidos entonces por la misma empresa en una información periodística, se estaban embotellando 2.400 envases a la hora, unos 400.000 al mes, a lo que se unía un número menor de garrafas de diez litros, unas 60.000 al mes. 31 trabajadores estaban entonces a cargo de la producción. Los responsables de la instalación lamentaban no disponer de medios suficientes para mejorarla y aumentar la producción, pero hacía falta una potente inversión económica y no encontraban la forma. Sin embargo, en la década siguiente la capacidad de inventiva de Antonio del Pozo explora nuevas situaciones que resultan novedosas pero de éxito, como la incorporación del tetrabrik o la aparición del Biosolán con diferentes zumos naturales, además de comentar la introducción en los supermercados.
La monolítica estructura familiar se rompe a finales del siglo XX cuando diferentes posiciones internas (partidarios de vender y obtener saneados beneficios frente a quienes aspiran a continuar con el negocio) derivan en una situación conflictiva y cambiante. En el año 2000 el grupo empresarial catalán Damm llega a un acuerdo con dos de las partes propietarias, los Sanz Gallego y los García Cabanes, para hacerse con la empresa. La familia Del Pozo se opone y gana judicialmente, lo que provoca la salida de Damm del accionariado, pero a continuación los vencedores de este primer litigio, los del Pozo si llegan a un acuerdo con el Grupo Osborne, que desde 2001 es el nuevo dueño de la empresa, como socio mayoritario.
Una eficaz red de distribución estuvo en la base del éxito |
Durante los siguientes ocho años, Osborne profesionalizó la gestión e incrementó la facturación en un 70%, reforzó su imagen de calidad desarrolló innovaciones reconocidas internacionalmente como su icónica botella azul, inspiración de Carlos del Pozo, miembro de la familia y director de marketing, con una amplia experiencia internacional en experiencias de este tipo y que aplicó igualmente al diseño de nuevos envases, consiguiendo definir un estilo absolutamente propio e inconfundible. La estrategia de poner en valor la originalidad de estas botellas encontró un reflejo espectacular: aunque su uso inicial era exclusivo de los restaurantes, que no podían entregarlos a sus clientes, más de tres millones de botellas vacías pasaron a manos de personas que se mostraban muy orgullosas de haber conseguido una de ellas para lucirlas en sus domicilios como elementos decorativos, en lo que se valora como una de las estrategias más exitosas en el lanzamiento y comercialización de una marca de agua mineral.
En el año 2011 la división de aguas y zumos de Osborne es adquirida por el grupo Mahou-San Miguel que de esta forma incorpora la marca Solán de Cabras a su propia actividad de distribución y comercialización de bebidas. En el año 2020, al producirse la epidemia de coronavirus, el balneario cerró sus puertas y cesó la actividad, sin que se haya reanudado hasta el momento en que se publican estas líneas.
Bibliografía
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FERNÁNDEZ, Domingo Análisis y síntesis de
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SANZ Y DÍAZ, José: “De la España incógnita. El valle del Solán de Cabras”. Cuenca. Ofensiva, 08 a 25-11-1945


